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  • EN MEMORIA

    Un 28 de mayo, hace siete años, en las horas de la noche comenzó a difundirse la noticia: habían asesinado a Rodrigo Doblecero. Se pavoneaban mientras tanto los narco paramilitares por todo el país, y particularmente por centros comerciales y discotecas de Medellín, montería, Cartagena, y por haciendas en todo el territorio nacional, acompañados por nubes de sicarios armados y escoltados por nubes de miembros del ejército y la policía. Se creían que eran los reyes y habían cumplido su orden. No se daban cuenta que los verdaderos reyes habían sellado su suerte también desde mucho antes y que los utilizaban como marionetas en un show montado por los reales dueños del poder para cargarles todas sus culpas y lavar con ellos sus pecados.

    Motivos de fiesta mafiosa, motivos de celebración sicarial. A quien habían designado como su archienemigo, había por fin caído bajo las balas asesinas de los sicarios de la banda de la oficina de envigado, quienes satisfacían así a su patrón, y de sus socios narcotraficantes, de los grupos de asesinos conocidos como calima, central bolívar, oficina de envigado, sicarios de mancuso, mineros, etc.

    La suerte de Doblecero se había sellado en una alianza macabra de narcotraficantes quienes a sangre y fuego controlaban bandas criminales que absorbieron a algunos pequeños grupos paramilitares que estaban al servicio de la guerra sucia en Colombia, y que fue apoyada por sectores corruptos de las fuerzas militares y la policía nacional,  atosigada y urgida por miembros del gobierno nacional, como parte de la estrategia para deslegitimar el proceso de negociación política con las autodefensas y de utilizar dicho proceso para darle una salida al bloque de narcotraficantes que ya se encontraba arraigado en la economía y la política colombiana. Colombia había dejado de ser una democracia con problemas para convertirse en algo que los Estados Unidos definían como una narco democracia y finalmente, se convirtió gracias a la corrupción en una narcocracia, que fue el fenómeno que quiso evidenciar, combatir y evitar Rodrigo Doblecero.

    A Doblecero no lo mataron porque se opuso a la negociación y se hizo ajeno a los intereses del narcotráfico. El quería negociar, pero no rendirse. Siempre supo que al final habría una negociación basada en la solución de las causas reales y objetivas del conflicto colombiano y no se consideraba enemigo de los narcotraficantes, sino que los consideraba en su real dimensión, o sea, como otras víctimas de un fenómeno superior aún al mismo fenómeno del narcotráfico. El consideraba que este era solo una manifestación del verdadero problema que arrasa a Colombia: La corrupción.

    A Rodrigo lo mataron por el temor de los verdaderos señores de la guerra de que pusiera en evidencia la estrecha relación de la clase política y económica con la narcocracia ya enquistada en el poder y por su conocimiento histórico de las graves violaciones de derechos humanos ocurridas en Colombia durante el proceso de formación crecimiento y auge de la guerra sucia Paramilitar que ejerce como política el estado colombiano.

    Rodrigo Doblecero y desde luego Carlos Castaño, eran los llamados a ser los elementos articuladores de la Gran Verdad que hoy tanto reclaman las víctimas del conflicto armado colombiano. Por eso mataron a Carlos, y por eso mataron a Doblecero. Conocían profundamente un movimiento de autodefensas antisubversivas puras que fundaron y dirigieron y por las que hoy estarían seguramente respondiendo con la Verdad que tanto temían sus antiguos amigos y cómplices. Por eso los asesinaron, antes de que evidenciaran cuáles eran sus reales relaciones con el poder civil y militar.

    De paso, al asesinarlos y ocultar su gran verdad, desvirtuarían la verdadera autodefensa antisubversiva que ejercieron Rodrigo  y Carlos, y muchos colombianos y colombianas que no vieron mas salida a la agresión de la guerrilla, que tomar las armas; entre quienes se podría contar a personas como Rodrigo Tovar, Fredy Rendón y Ramón Isaza, quienes se equivocaron al esgrimir la justicia por mano propia y cometieron excesos pero que tuvieron razones de legítima defensa en su actuar. De esta forma, se desvirtuó su lucha y deslegitimó su derecho a la legítima defensa, nivelándolos a todos por lo bajo con las oscuras fuerzas del narcotráfico puro y del paramilitarismo sicarial de la guerra sucia como política de estado.

    Hoy no tenemos sino que acompañar a las víctimas y manifestarnos como victimas también de una guerra que todavía se empeñan en negar algunos, que sigue ocurriendo en nuestros campos y ciudades, mas degradada y más abyecta, pero que sigue llenando de sangre los campos y calles y que sigue llenando de dinero los bolsillos de algunos a quienes no les interesa que esto algún día acabe.

    Recordamos así en su aniversario a CARLOS MAURICIO GARCIA FERNANDEZ, conocido también como RODRIGO DOBLECERO, de quien, sin querer en forma alguna hacer apología y justificar sus actos podríamos decir que fue alguien que con todas las equivocaciones y acciones que cometió, ofendió la Humanidad, pero quien a la vez tuvo el mayor gesto de valentía y honestidad con sigo mismo y con el país: ser un colombiano con criterio y patriotismo, y querer hacerlo valer.

    Sus asesinos están perdonados, pero no se puede detener el proceso de verdad  hasta que estén plenamente expuestos.  Claro que merecen  que tengan más pena que la vergüenza de verse expuestos ante la humanidad como los verdaderos asesinos.  Podrá haber perdón, pero nunca se podrá permitir la impunidad.