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conflicto

  • VIOLENCIA EN MEDELLIN: UNA MONTAÑA RUSA QUE NO PARA

    Este artículo es una publicación de la Corporación Viva la Ciudadanía
    www.viva.org.co

    Violencia en Medellín: una montaña rusa que no
    para

    Patricia Fernández Correa
    Directora Regional Antioquia de la Corporación Viva la
    Ciudadanía

    En las postrimerías del Frente Nacional y en los albores de la década de los 80 la
    sociedad antioqueña colombiana y el mundo, asistimos a un ascenso macabro y
    sin tregua en las cifras de homicidios. Los años 1975 y 1976 fueron marcados por
    una bonanza marimbera, y1 así mismo, surge la Guerrilla urbana y empiezan a
    actuar los escuadrones de la muerte entre los años 1976 y 1980, los narcos
    nacientes libran una guerra por el negocio que gana Pablo Escobar en 1980, en
    éste año con Pablo nacen los carteles y se libra otra guerra, la de los carteles. En
    el año 1982 con el secuestro de Martha Nieves Ochoa, surge el grupo Muerte a
    Secuestradores MAS, entre 1985 y 1991. Escobar le declara la guerra al Estado,
    de otro lado se crean las milicias urbanas para librar la guerra de guerrillas, del
    campo a la ciudad y nacen las llamadas “bandas criminales”2.
    1 Negocio basado en el tráfico de marihuana.
    2 Ver Ana Daza: Parches, Combos y Bandas en Medellín 1997.
    Los habitantes de Medellín aprendimos con sangre la cifra de muerte que nos
    ubicó, en el tristemente celebre, primer lugar como la ciudad más violenta del
    mundo, luego de ocupar tan deshonroso puesto, en el año de 19913 en medio del
    miedo pero con esperanza, asistimos al descenso en los indicadores de violencia.
    Este descenso se da en medio de una guerra que no para, pero que baja su
    intensidad. Seguramente por el efecto de hechos como la desmovilización del M19
    y el EPL, las milicias populares4, la no extradición aprobada por la Constitución
    Política que disminuye la fuerza de la guerra de Escobar Gaviria contra el Estado.
    En 1993 entra al escenario urbano una modalidad de paramilitarismo5 con el
    nombre de Perseguidos por Pablo Escobar (Pepes); Pablo hace operación pistola
    contra los policías y Medellín se queda sin policías. Pero estos hechos no
    impactan las cifras negativamente, el descenso continúa y sostenido, en razón a
    que hay un poder que controla otros actores de violencia: Pablo Escobar.
    En 19976 se frena el descenso en las cifras de homicidios por el accionar de
    grupos paramilitares que hacen presencia en los barrios de la ciudad y que
    pugnan por el control territorial, el negocio de la extorsión y el narcotráfico, en lo
    que podría llamarse la transición de paras a narcos o la emergencia del
    narcoparamilitarismo. En el año 19997 se experimenta otro ascenso en las cifras,
    debido a disputas originadas en el paso de pequeños grupos criminales a un
    ejército paramilitar.
    En 2002 el Gobierno Nacional desarrolla las operaciones Mariscal y Orión, esto
    hace que repunten de nuevo las cifras; éste periodo y episodio da como resultado
    el triunfo de un actor del conflicto, los paramilitares. Baja la confrontación y por
    supuesto los muertos. Del 2002 al 20078 se da en la ciudad y el país lo que podría
    llamarse una tregua de los paramilitares a raíz del proceso de desmovilización
    liderado por el Gobierno de Álvaro Uribe Vélez. Situación que en Medellín se
    siente de manera particular por la desmovilización del Bloque Cacique Nutibara
    BCN9, única estructura paramilitar urbana en el país, así como el traslado de la
    guerra del narcotráfico al norte del departamento del Valle del Cauca.
    Concertación sostenida entre ciudadanía y Estado da resultados
    3 Para este año se presentaron las mayores tazas de homicidios, 387 PCMH.
    4 Se realizó la primera negociación política netamente urbana del Estado Nacional con cuatro sectores de
    Milicias Urbanas: Del Pueblo y para el Pueblo, Las del Valle de Aburrá, las Independientes y las de influencia
    del la Corriente de Renovación Socialista en el barrio Morabia.
    5 Alianza entre fuerzas del Estado, narcotraficantes y Departamento Antinarcóticos de Estados Unidos DEA.
    6 En reunión nacional de las AUC, se da la orientación a Rodrigo Doblecero de copar militarmente a
    Medellín.
    7 Confrontación del BCN y el Bloque Metro, léase alias Don Berna Vs, alias Rodrigo Doblecero.
    8 En septiembre de 2007 es trasladado alias Don Berna a la cárcel de máxima seguridad de Combita, a partir
    de este momento se registra aumento y asenso del accionar criminal y de los homicidios en la ciudad.
    9 En noviembre de 2003 se desarman 868 hombres del BCN, entre ellos también delincuencia común y
    desempleados.
    Medellín se resiste a convivir con la violencia que históricamente la ha
    acompañado durante décadas, prueba de ello, la “gesta” que como sociedad se ha
    emprendido cada vez que la violencia arremete en contra de la libertad y la vida.
    Fue así como por decreto presidencial se creó en los 90 la Consejería Presidencial
    para Medellín. En el marco de este programa se desarrollaron proyectos como los
    seminarios de alternativas de futuro para Medellín, arriba mi barrio, muchachos a
    lo bien, núcleos barriales de vida ciudadana, entre otros. Una acción concertada
    entre ciudadanía y Estado ejecutada entre 1990 y 1998; que contribuye de
    manera positiva a la construcción de tejido social y convivencia pacífica en la
    ciudad. Como parte de esta alianza ciudadanía-Estado por la ciudad y la región,
    se formula entre 1995 y 1997 el Plan Estratégico de Medellín y el Área
    Metropolitana a 2015, este proceso contó con la participación de amplios y
    diversos sectores de la sociedad y el acompañamiento técnico del Programa de
    Naciones Unidas Para el Desarrollo PNUD. El plan en materia de seguridad y
    convivencia se propuso “hacer de la seguridad y la convivencia, aspectos
    decisivos de la gestión urbana para garantizar la gobernabilidad y el ejercicio
    pleno de la ciudadanía…con fortalezas visibles en la búsqueda de mecanismos
    alternativos para la solución de los conflictos urbanos”.
    Para lograr estos objetivos el plan ordenó la conformación de un sistema
    metropolitano de concertación de políticas de convivencia y seguridad ciudadana,
    el cual consistía en la creación de un sistema organizativo y de comunicación de
    carácter metropolitano, así como la creación de un observatorio metropolitano de
    acciones para la convivencia y la paz que buscaba poner en marcha un sistema
    de recolección, análisis y divulgación de información sobre la violencia y diversas
    formas de enfrentarla en la ciudad de Medellín y el Área Metropolitana.
    Desafortunadamente estos proyectos no avanzaron. Es más el Banco
    Interamericano de Desarrollo BID, entregó posteriormente a la ciudad un
    empréstito por quince mil dólares para un programa de Convivencia Ciudadana
    que surgió como propuesta de la sociedad civil, en particular de las fundaciones
    empresariales. Estas entidades financiaron con recursos privados la
    estructuración, conceptualización y formulación del Programa, partiendo del
    reconocimiento de las múltiples y diversas causas del problema de la convivencia
    ciudadana. Este programa que había sido formulado de manera participativa, se
    ejecutó por la municipalidad con múltiples dificultades administrativas y de gestión
    y finalmente no generó los resultados esperados. Sin embargo, aunque
    desarticuladas y como parte de la voluntad de algunas administraciones y
    organizaciones sociales y comunitarias se han adelantado acciones, estudios y
    seguimientos puntuales a las problemáticas de violencia en la ciudad, no así en el
    ámbito metropolitano10. Finalmente la concertación social y política que orientó la
    intervención de la Consejería Presidencial para Medellín, no fue un proceso
    sostenido en el tiempo que hoy evocamos.
    10 Al respecto hay que destacar que existe una relación político-espacial entre los municipios del Área
    Metropolitana y que estructuras criminales presentes en municipios como Envigado, Itagui y Bello, tienen una
    influencia relevante a la hora de explicar la violencia en Medellín.
    Un cliché como respuesta
    Los titulares de prensa de inicios de los años 90 en materia de seguridad son
    similares a los de hoy, así como la respuesta institucional, vista en el tiempo
    parece un cliché “El comandante de la Policía Metropolitana, coronel Jorge
    Ernesto Ferrero Echeverri, dijo que tiene pistas para decir que el múltiple
    homicidio fue resultado de un enfrentamiento entre bandas”11. La misma
    respuesta que escuchamos hoy de las autoridades frente a los hechos de
    violencia recientes en la ciudad. De otro lado el presidente César Gaviria mediante
    una directiva presidencial fijó en aquel entonces criterios al enfoque regional de
    seguridad, muy similares a los que hemos escuchado en los últimos tiempos y que
    parecen o no haber dado resultados o no se ejecutaron como se debía
    “fortalecimiento de la Justicia, política para enfrentar las diferentes
    manifestaciones de violencia, derechos humanos y asistencia el menor
    infractor”12. Cabe resaltar que dentro de la política del presidente César Gaviria
    en aquella época se contempló la participación ciudadana en temas de seguridad,
    “La estrategia está encaminada a buscar una mayor participación ciudadana en la
    solución de problemas de orden público con la participación en los consejos
    regionales de entidades gremiales, dirigentes cívicos y miembros de agrupaciones
    comunitarias. Con ello se busca comprometer a la comunidad en forma directa en
    la solución de los problemas de seguridad”13. Enfoque que en Medellín o no se
    asumió o se perdió una vez se desmontó la Consejería Presidencial para Medellín.
    Para ese entonces ya se identificaba la justicia como un asunto estructural de
    intervención; hoy el sistema de justicia imperante sigue siendo considerado un
    obstáculo estructural para el logro de la convivencia pacífica y la lucha contra la
    criminalidad. Seguimos aplicando las mismas soluciones a un conflicto que se
    transforma en contextos distintos y con una ciudadanía de baja intensidad14.
    Pareciera que con la salida de Medellín de la Consejería Presidencial y la
    formulación del Plan Estratégico, la ciudad bajó la guardia, y la concertación
    Estado-ciudadanía que había dado esperanza y resultados entre 1990 y 1998
    pasó a un segundo plano. Aunque ha sido permanente desde organizaciones
    sociales y comunitarias el reclamo por la necesidad de emprender procesos de
    concertación social y política para resolver los problemas estructurales de la
    sociedad, desde el Estado, como es la violencia. Los logros no han sido los
    esperados y seguramente han sido muy marginales los impactos de las acciones
    de formación ciudadana, deliberación pública y formulación de propuestas de
    futuro para la ciudad que se han hecho aisladamente. Surge el cuestionamiento a
    cerca de la tesis que habla de niveles de pactación entre lo legal y lo ilegal y si
    ésta puede ser otra explicación posible al relajamiento frente a la criminalidad.
    La esperanza frustrada
    11 (1991, Enero 14). Antioquia: La violencia se reactivo al empezar 1991 EL TIEMPO, Sección: Nación.
    12 (1991, Enero 14). Estrategia contra la violencia EL TIEMPO, Sección: Información General.
    13 (1991, Enero 14). Estrategia contra la violencia EL TIEMPO, Sección: Información General.
    14 Bajos niveles de denuncia, tolerancia con la ilegalidad, baja formación y participación ciudadana.
    Pese a algunas voces que alertaban de las debilidades en la conducción del
    proceso de desmovilización con los grupos paramilitares, la sociedad
    Medellinense, como el resto del país, confío que con la política de Seguridad
    Democrática del actual Presidente y la desmovilización de los paramilitares,
    pasaríamos al decir del ex alcalde Sergio Fajardo “del miedo a la esperanza”. Pero
    este buen propósito parece estar lejos de cristalizarse, por el contrario, la ciudad
    ha venido experimentando un recrudecimiento de la criminalidad que evoca las
    peores épocas vividas y con razón, Medellín construyó socialmente el miedo a
    aquellas prácticas escabrosas: toques de queda “voluntarios”, asfixia mecánica,
    desmembramiento, palizas, balaceras inesperadas, incluso con fusilería que dejan
    niños inocentes por el camino, a causa de las llamadas balas perdidas, remates
    en los centros hospitalarios, retaliaciones a la salida de los funerales, quema de
    buses, desplazamiento forzado, violencia sexual contra mujeres y menores.
    Practicas que la criminalidad de esta ciudad aprendió a reproducir generación tras
    generación y que a los más adultos les es imposible olvidar. Por ello hay barrios
    donde la gente se va a dormir más temprano, hay restricción preventiva de los
    taxistas para ir a ciertos territorios, barreras territoriales invisibles, desescolarización
    forzada de estudiantes por parte de sus padres, debido al temor
    que caigan en medio de las balas, aumento del desplazamiento intraurbano y
    violencias sexuales asociadas al conflicto.
    Esto que pasa hoy en Medellín en proporciones menores a las alcanzadas en
    1991 no deja de angustiar a algunos, pues a esos niveles no se quiere regresar.
    Sin embargo, pareciera que la mayoría de los ciudadanos de esta tierra no
    dimensionan las proporciones de los hechos, pues expresiones como “esos son
    los combos que se están matando entre ellos”, dan a entender que éste no es un
    asunto de todos y que poco o nada importa que esta ciudad se desangre, pues es
    sangre de delincuentes, de vándalos. No reflexionamos sobre los asuntos
    estructurales que producen conflictividades, reproducen y mantienen estas
    estructuras criminales en la ciudad. Medellín Como Vamos15 así lo corrobora en
    su última encuesta de percepción (año 2008) sobre el tema, con la pregunta: ¿qué
    tan seguro se siente en el barrio? y ¿qué tan seguro se siente en la ciudad? El
    porcentaje de personas que responden que el barrio y la ciudad son entre muy
    seguras y seguras, es prácticamente igual con 75% y 72%, respectivamente.
    ¡Qué contradicción! Sin embargo, en una consulta ciudadana hecha por el
    periódico el colombiano, el pasado mes de junio, muestra que la percepción sobre
    seguridad está cambiando ante la pregunta ¿se siente seguro en Medellín y el
    Área Metropolitana? un 54.7 % respondió que no, hay que destacar que en esta
    muestra se incluyen los diez municipios del Área Metropolitana, mientras que
    Medellín Como Vamos sólo a Medellín.
    Seguridad Ciudadana, un asunto de Estado
    15 Iniciativa privada de seguimiento a los Indicadores de Calidad de Vida de la ciudad.
    Como se señaló anteriormente, en el 2002 se puso en marcha en el país una
    Política de Seguridad Democrática y un proceso de desmovilización de grupos
    paramilitares que es importante revisar a la hora de pensar acciones de lucha
    contra la criminalidad e identificar responsabilidades en el ámbito local. Ambas
    políticas son del resorte nacional con enormes implicaciones locales, obedecen a
    la intencionalidad política de un gobernante y no a un acuerdo de Estado.
    Tanto la política de seguridad como el proceso de desmovilización tienen una
    ubicación territorial rural con resultados evidentes, no así en lo urbano, aquí es
    importante destacar que Colombia en los últimos 60 años ha sufrido un proceso de
    transformación que invirtió la relación: pasamos de ser un país rural a un país
    urbano. Otra conclusión: la “seguridad democrática” además de no ser un acuerdo
    de Estado, no se hizo para garantizar la seguridad de todos los ciudadanos sino
    meramente para combatir a las FARC, una guerrilla eminentemente rural. Entre
    tanto el recrudecimiento de la criminalidad en la ciudad está demandando una
    política de Estado integral, de seguridad humana que reconozca las
    particularidades socio-territoriales de la urbe que fortalezca y haga operante y
    garantista el sistema judicial y los organismos de inteligencia, que intervenga
    concertadamente las problemáticas estructurales que generan exclusión y falta de
    oportunidades que terminan lanzando a un ejército de jóvenes a las entrañas de
    las estructuras criminales de la ciudad.
    Se requiere entonces del fortalecimiento de una ciudadanía activa y de una
    institucionalidad pública democrática, esto significa concertación social y política;
    formación de una conciencia ciudadana a favor de la legalidad y de la construcción
    de un orden público democrático que obedezca a un modelo de sociedad que
    convive y resuelve sus conflictos pacíficamente. Esto no será posible mientras los
    niveles de corrupción y captura del Estado local no se intervengan. Esta
    modalidad quedó al descubierto en la ciudad con la detención del Director
    Seccional de Fiscalías por presuntos nexos con la banda de Alias don Mario, el
    retiro del comandante de la Policía Metropolitana, general Marco Antonio Pedreros
    y la desaparición forzada a manos de oficiales de Policía de tres menores de edad
    en el Municipio de la Estrella, supuestamente mutiladas, desmembradas y
    lanzadas al río Cauca. Aberrante.
    Estamos de acuerdo con el alcalde de la ciudad de Medellín Alonso Salazar
    Jaramillo, en que la seguridad ciudadana es un asunto de todos y todas, en este
    sentido saludamos la propuesta de Movilización Ciudadana por la Convivencia y
    la Seguridad, recientemente presentada, dicha propuesta consiste en tener una
    ciudadanía activa contra la violencia, mayores oportunidades para los jóvenes y
    fortalecimiento operativo de la Policía y la justicia, asuntos que no son nuevos en
    una ciudad marcada históricamente por la violencia y que de una u otra forma, en
    las últimas dos décadas, ya ha probado estrategias de este tipo para contrarrestar
    la criminalidad, es importante entonces llamar la atención sobre la importancia de
    evaluar críticamente los resultados de actuaciones que como sociedad hemos
    emprendido y así poder fortalecer lo que ha funcionado y corregir los errores, pues
    es evidente que como sociedad nos hemos equivocado.
    No sobra recordar que la fortaleza de la legitimidad de la autoridad,
    particularmente de la fuerza pública, estriba en su capacidad para lograr de
    manera espontánea y voluntaria el acatamiento y colaboración por parte de la
    población civil. La corrupción que existe en las filas de la fuerza pública –traducida
    en los falsos positivos, las “chuzadas” del DAS, la “parapolítica” y la complicidad
    de sectores de la Policía con las organizaciones criminales- nada contribuye para
    que se entienda que la lucha contra la violencia y la defensa de la vida, es un
    propósito colectivo, antes que individual. O salimos entre todos del pantano o nos
    enterramos en él.

  • entrevista Bloque Metro por agencia Reuters

    Paramilitares colombianos se alistan para la guerra

    Luis Jaime Acosta *

     

    Un grupo de jóvenes con sus cabezas semirrapadas, rostros pintados y vistiendo uniformes amarillos, recibe instrucción militar y entrena tácticas de guerra en la selva del noroeste de Colombia.

    Son los futuros a combatientes de un bloque regional de las Autodefensas Campesinas de Córdoba y Urabá (ACCU), la mayor organización paramilitar de ultraderecha que combate a la guerrilla izquierdista en el marco del conflicto interno colombiano, que dejó 40.000 muertos en la última década.

    Pese a la crisis interna que atraviesan los paramilitares, que pretenden desligar sus actividades del narcotráfico en una aparente estrategia, según analistas, para facilitar en el futuro una posible negociación de paz con el gobierno, siguen preparándose para la guerra.

    Líderes de estos escuadrones aseguran que el presidente Alvaro Uribe, quien fue acusado en su campaña electoral de tener nexos con los paramilitares, ordenará una inclemente persecución militar para quitarse ese rótulo, pese a que nunca estuvo vinculado con esas organizaciones ilegales.

    Pese al temor de esa acción del mandatario, quien asumió el 7 de agosto, y a que recientemente el ejército mató a 24 de sus combatientes en el noroccidental departamento de Antioquia, los paramilitares dicen que no se enfrentarán al Estado.

    Veinte jóvenes de entre 18 y 26 años cargan un madero con la forma de un fusil y portan botas de caucho.

    Hombres armados con lanza misiles, ametralladoras, fusiles y granadas vigilan de cerca a los alumnos, quienes son sometidos a diario a extenuantes jornadas de pruebas de resistencia física en la selva y en potreros a cielo abierto.

    “La intención de esta escuela es capacitar los hombres tácticamente y operacionalmente para combatir al enemigo. De aquí salen los hombres directamente al área de combate, hay que entrenarlos fuertemente”, dijo a Reuters el comandante Bryand, uno de los instructores del Bloque Metro de las ACCU.

    A la organización ilegal llegan mensualmente decenas de campesinos, ex miembros de las Fuerzas Militares y guerrilleros desertores que quieren formar parte de los paramilitares. Todos son sometidos a una prueba física y sólo los mejores se quedan, los demás deber irse, según Bryand.

    El instructor, quien lucía un uniforme de camuflaje, cubría su rostro con un pañuelo y portaba un fusil, dijo haber preparado a miles de combatientes.

    Los alumnos se arrastran entre el pasto empuñando fusiles de madera, brincan de izquierda a derecha y gritan simulando un combate con los guerrilleros, sus enemigos acérrimos.

    Algunos combatientes irán a la ciudad de Medellín, en donde el Bloque Metro de las ACCU busca a expulsar a las guerrillas de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) y del Ejército de Liberación Nacional (ELN), otros se desplazarán a campos en donde también combaten con los rebeldes.

    Confían en superar la crisis

    Aunque de acuerdo con los jefes paramilitares muchos jóvenes ingresan por convicción, según sociólogos otros se incorporan presionados por el desempleo y la miseria.

    Los paramilitares ofrecen uniforme a los combatientes, un arma, alojamiento, comida y un salario que puede alcanzar los 300 dólares mensuales. Algunos de los incorporados aseguran que los “paras”, a diferencia de la guerrilla, “si cumplen”.

    “Yo he decidido entrar a las autodefensas como combatiente porque ya hemos estado muy cansados del accionar de la guerrilla y la guerrilla nos ha golpeado mucho al pueblo colombiano, sobre todo a nosotros los campesinos”, dijo Javier, un patrullero de 24 años.

    “Uno desde que viene aquí viene con la idea de aportar un grano de arena para ver si algún día vemos a Colombia en paz y ahí nos ponemos la meta de morir hasta en la guerra por lograr esa paz que tanto hemos pedido los colombianos”, agregó.

    Con unos 10.000 combatientes en todo el país, los paramilitares atraviesan una crisis que llevó a la disolución en julio de las Autodefensas Unidas de Colombia (AUC), que agrupaba a todos los escuadrones ilegales armados en una especie de federación liderada por Carlos Castaño.

    Los paramilitares son acusados de contar con el apoyo de algunos sectores de las Fuerzas Armadas y de financiarse, además del narcotráfico, con aportes de ganaderos, terratenientes y comerciantes perseguidos por la guerrilla.

    Sentado en un improvisado quiosco, cerca del sitio donde se entrenan los futuros combatientes, el comandante “Rodrigo”, un hombre cercano a Castaño y quien dirige el Bloque Metro que opera en Medellín y Antioquia, confía en superar la crisis.

    El jefe paramilitar, quien porta un fusil de asalto, viste uniforme de camuflaje y botas militares, no permite que ninguna cámara grabe su rostro, para evitar ser identificado.

    “Rodrigo”, reconoció implícitamente que los paramilitares buscan un reconocimiento político y limpiar su imagen ante la comunidad nacional e internacional.

    “En la vida, en la política y en la guerra nada se regala, las cosas se ganan, nosotros nos vamos a ganar nuestro puesto, no queremos que nos den nada, no queremos nada regalado porque no somos serviles de la oligarquía ni trabajadores de las Fuerzas del Estado”, afirmó.

    Escoltado por dos hombres de confianza, “Rodrigo” también conocido con el apodo de “Doble Cero”, dijo que pese a la decisión de no recibir aportes del narcotráfico continuarán combatiendo a la guerrilla y advirtió que solo dejarán las armas cuando lo hagan los rebeldes.

    Urbanización del conflicto

    “Más vale que seamos poquitos pero honrados, que muchos y corrompidos por el narcotráfico, es que el narcotráfico lo corrompe todo y con corrupción no hay norte político ni ideología”, comentó mientras acariciaba a Pipo, un perro negro que siempre lo acompaña.

    Con esa decisión los paramilitares estarían dando ventajas a las FARC, que obtienen millonarios recursos del narcotráfico, según analistas. Esos recursos les permitió duplicar sus combatientes en los últimos dos años a los paramilitares.

    “Doble Cero” empezó el proceso para expulsar a la guerrilla de sectores pobres de Medellín y aseguró que además han extendido la guerra urbana a otras ciudades como Bogotá, Cali, Barranquilla y Barrancabermeja.

    “Nos entronizamos en las ciudades para neutralizar el accionar de las guerrillas y para ir generando el regreso al campo de todos los campesinos que están en los cinturones de miseria”, afirmó.

    Medellín, capital del departamento de Antioquia, es la tercera ciudad más poblada de Colombia con unos dos millones de habitantes y es un importante centro empresarial e industrial. Actualmente es el centro urbano con mayor control paramilitar.

    El Bloque Metro, dice que controla un 80 por ciento de los sectores pobres de la ciudad, construidos en las laderas de empinadas montañas a las que llegó un equipo de Reuters.

    Desde un barrio el oriente de Medellín, desde donde se divisa toda la ciudad, jóvenes armados con fusiles, pistolas, carabinas, ametralladoras y escopetas, patrullan el sector.

    Sobre varias paredes de humildes casas se lee “Somos las Autodefensas Campesinas de Córdoba y Urabá, Bloque Metro”. Las viviendas están cerca de cultivos de plátano, café y naranjas.

    Para los pobres que habitan el sector bajo control de los paramilitares son normales las demostraciones de poder militar de jóvenes que visten trajes de camuflaje o deportivos color negro y cubren sus rostros con pasamontañas.

    Todos los combatientes que patrullan esta zona recibieron instrucción militar en la escuela del Boque Metro.

    Los combates en la zona son frecuentes y la guerrilla ha tratado de retomar el control del sector, al que se llega caminando a través de empinadas escaleras de cemento.

    “La función es combatir la guerrilla de las FARC y del ELN, que en este momento los tenemos a todos los lados de esta zona donde estamos”, dijo Richard, el comandante de la zona mientras empuñaba un fusil M-16 de fabricación estadounidense.

    “La meta de nosotros es acabar con ellos para poder vivir bueno por aquí. Nosotros estamos dispuestos a llegar hasta la muerte”, concluyó mientras miraba el horizonte y sonaba música a todo volumen proveniente de un radio de una de las casas.

    * Reuters, 29 de agosto de 2002.

  • PROLOGO DE "LAS GUERRAS DE DOBLECERO" POR ALDO CIVICO

     

    Las guerras de “Doblecero”

     

    Prólogo del libro

     

    Mi encuentro con “Doblecero”

     

     

    Mi celular sonó. Al otro lado de la línea, desde un lugar desconocido, un hombre con voz autoritaria me daba direcciones exactas e instrucciones claras. El comandante Rodrigo Doblecero, el fundador del sangriento grupo paramilitar Bloque Metro, había aceptado que lo entrevistara. Anoté las instrucciones: “Domingo, 8:30, en San Roque. Vaya hacia Puerto Berrío, pase Barbosa y vire a la derecha después de Cisneros. Nos encontramos en la plaza principal, al frente de la iglesia”. Era la llamada que había estado esperando. Mi estancia en Colombia durante el verano de 2003 tocaba a su fin. Los últimos tres meses los dediqué a viajar entre Medellín y el pueblo de Granada, en el oriente antioqueño, registrando los testimonios de personas víctimas del desplazamiento forzado y escuchando sus historias de horror. Los paramilitares y la guerrilla forzaron a millones de ciudadanos –sobre todo mujeres y niños– a abandona sus aldeas, generando en Colombia la peor crisis humanitaria del hemisferio occidental.

     

    Estas personas fueron las primeras en proveerme de reveladores datos sobre el conflicto colombiano y sus complejas dinámicas. Ilustraron con gran detalle cómo hombres armados los habían despojado de sus pertenencias y desarraigado de sus tierras. Algunos, incluso, atestiguaron la matanza de sus seres queridos. Así, antes de mi esperada reunión con Doblecero, ya sabía de los paras y de los actos que a diario cometían, a través de las historias de sus víctimas. Sentí su presencia en el silencio de aquellos a quienes intentaba entrevistar, en sus susurros y en el desplazamiento temporal, físico y emocional de sus propios barrios a diversos sitios en donde se podían sentir más seguros para compartir sus historias. Era en la negación de su presencia a través del silencio que la panóptica realidad de los paramilitares me fue revelada. Apenas comenzaba mi trabajo de campo en Colombia y el comandante Doblecero sería el primer paramilitar con el que me encontraría frente a frente. Al amanecer, mientras Medellín aún dormía, partí para San Roque acompañado de un amigo. En Niquía, justo  en las afueras de Medellín, pasamos sin problemas por un retén del Ejército y enrumbamos hacia Puerto Berrío, pasando por Barbosa y Cisneros. De allí, un camino escarpado y sin pavimentar penetraba en un valle estrecho y verde, llevándonos a la altura de una meseta. Dejaba el mundo tal y como lo conocía detrás de mí; me disponía a penetrar una selva espesa, llena incertidumbres y peligros, como Marlow, el marinero que en El Corazón de las Tinieblas de Josep Conrad, viaja hacia un inexplorado territorio del África en busca de Kurtz, el jefe de una estación colonial.

     

    “Estaba entrando en un mundo completamente desconocido

    para mí. Las aguas, al ensancharse, fluían a través de

    archipiélagos boscosos; extraviarse en aquel río era tan fácil

    como perderse en un desierto; tratando de encontrar el

    rumbo chocábamos todo el tiempo contra bancos de arena

    –llegué a tener la sensación de estar embrujado, lejos

    de todas las cosas una vez conocidas… lejos de todo… tal

    vez en otra existencia… Aquellas grandes extensiones se

    abrían ante nosotros y volvían a cerrarse, como si la selva

    hubiera puesto poco a poco un pie en el agua para cortarnos

    la retirada en el momento del regreso. Penetramos

    más y más en la espesura del corazón de las tinieblas.”

     

    A un paso muy lento y zigzagueando por cerca de catorce kilómetros, y no sin dificultad, alcanzamos una meseta después de casi dos horas. En el horizonte podíamos ver el pueblo de San Roque. En ese lugar comencé a entender cómo la geografía hostil había forjado la vida y la imaginación de la gente en ciertas regiones de Colombia, dificultándoles percibir a su país como una nación.

     

    Durante el viaje procuré imaginar cómo sería mi cita con Doblecero y me preguntaba sobre su resultado. Para ese entonces no sabía mucho sobre él, apenas que había sido oficial de las Fuerzas Armadas colombianas, que al final de los años noventa había formado el Bloque Metro, el cual sembró el terror en Medellín y en Antioquia. Se enfrentaba en una lucha despiadada por Medellín con el Bloque Cacique Nutibara, que a finales de 2001 expulsó al Bloque Metro y subyugó la ciudad. Casi en San Roque encontramos otro retén militar en las afueras del pueblo y una nueva preocupación ocupó mis pensamientos puesto que no sabía cómo justificar mis cuadernos, la cámara fotográfica digital –y en última instancia– nuestra presencia como extranjeros en un lugar no apto para turistas. “¿Qué debo decir? ¿Qué debo revelar de mí y cuánto? ¿O debo inventar alguna historia? ¿Quizá debo decirles que soy periodista? ¿Y sobre qué escribo?” Decidí no revelar lo de mi encuentro con el comandante Rodrigo –aunque su presencia en la región, estaba seguro, no era un secreto, especialmente para los militares–. Mientras buscaba frenéticamente una idea que me permitiera disfrazar mis propósitos, experimentaba el poder que cada secreto implica, el silencio y la mentira que revelaba no sólo la presencia del comandante Rodrigo en los alrededores, sino mi lazo invisible con él. Ahora, a través suyo, los soldados y yo estábamos unidos por ese lazo también. La patrulla militar, integrada por cuatro o cinco soldados, detuvo nuestro vehículo, que además era el único que se acercaba al pueblo en muchas horas.

     

    “Buen día. Bajen del coche. Sus documentos, por favor”. Un soldado miró mi pasaporte italiano, me ordenó apoyar las manos en el techo, con los brazos estirados y mientras que otro buscaba en mis bolsillos, este requisaba mi cintura y mis piernas. Los demás examinaron el vehículo con cuidado, mirando bajo los asientos, en cada compartimiento, y el baúl. Los soldados ojearon mi cuaderno, revisaron mi grabadora y mi cámara fotográfica, pero no se atrevieron a hacer ninguna pregunta acerca de mi presencia en ese lugar y a esa temprana hora de la mañana de un domingo. De hecho, no había necesidad de ofrecer ninguna excusa para explicar lo que ya todos sabíamos; el secreto público de la presencia del comandante Rodrigo y sus hombres en San Roque, y de mi inminente encuentro con él. En nuestro recíproco silencio –porque no intercambiamos ninguna palabra a excepción de saludos y despedidas– revelamos nuestro lazo en común con el comandante Rodrigo.

     

    El secreto, según cuenta Elías Canetti en su libro Masa y Poder, es la base del poder, y Foucault agrega que el poder es tolerable solamente bajo la condición de que enmascare una parte substancial de sí mismo. El secreto pertenece así a los intestinos oscuros de una sociedad y sus funciones, como un segundo mundo entre el mundo manifiesto, un segundo cuerpo encajonado dentro del primero. Dondequiera que haya poder, hay secreto, pero no es sólo el secreto el que sustenta la base del poder, sino también el secreto público, como lo afirma el antropólogo Michael Taussig de la Universidad de Columbia:

     

    “¿Qué pasa si la verdad, más que un secreto, es un secreto

    público, como es el caso del conocimiento social

    más importante, saber lo que no hay que saber?... de hecho,

    ¿no son secretos compartidos las bases de nuestras

    instituciones sociales, el lugar de trabajo, el mercado, la

    familia, y el Estado? ¿No es este secreto público la más

    interesante, la más poderosa, la más engañosa y ubicua

    forma de conocimiento activo social? En comparación, lo

    que nosotros llamamos doctrina, ideología, conciencia,

    creencias, valores, e incluso, discurso, degenera en una

    insignificancia sociológica y una banalidad filosófica: de

    hecho es la función y la fuerza vital del secreto público

    el mantener la frontera donde el secreto no es destruido

    al ser expuesto, sino sujeto a una forma completamente

    diferente de revelación que le hace justicia.”

     

    En otras palabras, para Taussig el secreto público es el aceite que permite que las ruedas de la sociedad den vuelta. Sin el secreto público –un conocimiento compartido que se oculta activamente– no habría ninguna sociedad, puesto que es el secreto público el que liga las fuerzas sociales que están en conflicto. En Colombia hay un lazo que ata al secreto público con el silencio, al secreto con la verdad

     

    sobre la presencia de los paramilitares y sus alianzas. “El silencio y el secreto –escribe Foucault– son un abrigo para el poder”.

     

    Si el secreto público es el cemento de la sociedad, es decir, la base del poder, entonces el silencio es el lazo que une al poder y al secreto público con un conocimiento que no puede ser articulado fácilmente Es decir, en el silencio, y en el silenciar, se revela y se consolida al mismo tiempo el poder del control, lo cual explica la ya citada frase de Canetti.}

     

    Una vez nos despedimos de los soldados estacioné el carro al frente de la iglesia, según lo acordado, y esperamos algunos minutos hasta que tres hombres llegaron y rodearon el carro. Tras haber comprobado mi identidad –y luego de una tensionante confusión en torno a mi apellido– uno de los paramilitares, de veintitantos años, se montó en el carro y con él a bordo abandonamos San Roque por un camino destapado y estrecho. Paramos frente a una casa humilde en donde una mujer trapeaba el frente. Aunque parqueamos en su propiedad sin pedir permiso ella no demostró ni impaciencia ni molestia alguna Aparentemente indiferente a nuestra presencia, continuó su tarea como  estuviéramos allí. Era una normal anormalidad. Gente a caballo pasaba por ahí, lanzando miradas furtivas y curiosas.

     

     El secreto público me unía cada vez más con Doblecero y los paramilitares. Pasada una media hora al fin llegó el comandante Rodrigo conduciendo una camioneta cuatro por cuatro, escoltado por dos hombres y un perro. Todos vestían uniformes militares pero el único que usaba gafas oscuras era el comandante por lo cual me fue imposible mirarlo a los ojos. Todos estaban fuertemente armados –cada uno llevaba un rifle con mira telescópica, así como un arma al cinto–.

     

    Nos invitaron a que subiéramos a su camioneta y yo me senté adelante, al lado de Rodrigo, quien puso su rifle al lado de mi pierna izquierda y no podía dejar de notar cómo el metal frío presionaba mi muslo. ¿“Cuántas veces ha estado en Colombia?” me preguntó. “Esta es la cuarta vez. Casi me siento colombiano a este punto,” le respondí bromeando. Con esto, el comandante explotó en una risa que juzgué espontánea y abierta.

     

    Tras recorrer otro camino destapado durante veinte minutos, más o menos, llegamos a una cabaña abandonada desde la que se divisaba un ancho y verde valle. Lo bello y acogedor del paisaje contrastaba con las frías armas de la violencia y de la guerra. Nos sentamos en un pórtico listos a comenzar nuestra conversación, se quitó las gafas y reveló una mirada que era cualquier cosa, menos cruel, fría, o mentirosa; era diferente a lo que estaba esperando. Sus ojos grandes y oscuros me desconcertaban. Pensé en que no sería difícil imaginarse a este comandante paramilitar en su rol de padre, con una vida tranquila, con su esposa e hija, a las cuales sólo podía visitar clandestinamente y no muy a menudo, cosas que sabría más adelante.

     

    Doblecero tomó un bolígrafo y una hoja de papel en sus manos y bosquejó el mapa de Colombia. “Dibujemos algunas líneas aquí, me dijo, y comenzó a dar una conferencia sobre la historia de su país. Empezó con la guerra de los Mil Días y resumió los acontecimientos políticos que llevaron a la Violencia y posterior formación del Frente Nacional, en 1957. Yo encendí la grabadora.

     

    Mi reunión con Doblecero sucedió en un momento crucial y muy difícil para él y sus hombres. Hacían frente a una gran ofensiva militar por parte de los que habían sido sus aliados, a saber, las AUC, lideradas por Carlos Castaño, y el Ejército colombiano, el cual –como lo dice el secreto público en Medellín– había estado siempre de su lado, protegiendo y apoyando a su antiguo oficial. La lucha interna comenzó cuando Doblecero se negó a cumplir la orden impartida por Castaño de desmovilizarse e integrar la mesa de negociación con el gobierno colombiano. El líder del Bloque Metro había solicitado un foro separado al de la negociación, pues él se rehusaba a sentarse con poderosos narcotraficantes, como alias don Berna, jefe del grupo paramilitar Bloque Cacique Nutibara, que ahora estaba tras Doblecero y sus hombres. Las dos facciones rivales llevaban luchando desde mayo por el área donde justamente se desarrollaba nuestra entrevista, a finales de agosto de 2003, y ya habían provocado el desplazamiento de 600 campesinos. El Bloque Metro estaba perdiendo el territorio que había dominando por más de siete años, y solamente mantenían algunos municipios bajo su control. Así mismo, para este momento, 500 de sus hombres ya habían desertado para unirse a su rival. Doblecero estaba perdiendo la guerra. Para finales de septiembre su grupo ya estaba aniquilado y él había huido para refugiarse en cercanías del Rodadero, en el área de Santa Marta.

     

     

    Reasumimos el contacto por correo electrónico en marzo de 2004. Sobre la lucha entre los paramilitares me escribió:

     

    Después de que hablamos la última vez se sucedieron una serie de hechos, después de los cuales, nuestras estructuras militares prácticamente han desaparecido. Eso es algo bien interesante desde el punto de vista político, puesto  que para nosotros ha quedado demostrado que para enfrentar una agresión conjunta de los ejércitos de los narcos y del gobierno nacional, habría que recurrir al narcotráfico como método de financiación y al terrorismo como metodología de lucha. Ambos no van de acuerdo con nuestras concepciones ideológicas sobre la crisis de la sociedad colombiana y sobre el rol que deberíamos jugar nosotros en ella como parte de la solución y no como parte de su prolongación. Debido a este balance que hicimos y que decidimos no recurrir ni a lo uno ni a lo otro, hemos sufrido una derrota, en el aspecto militar, y hemos preservado nuestra ideología y nuestras estructuras políticas.”

     

    Le propuse a Doblecero escribir la historia de su vida y durante tres meses el líder del Bloque Metro compartió su testimonio conmigo. Sus correos eran sólo ocasionalmente largos y frecuentes. Nuestra conversación continuó hasta unos pocos días antes de ser asesinado en una calle del Rodadero, el 27 de mayo de 2004. Tenía 39 años.

     

     

    El testimonio de Doblecero es único debido al papel que desempeñó durante los años en que el paramilitarismo amplió su dominio en Colombia. Oficial retirado del Ejército, educado por jesuitas, el comandante Doblecero había sido consejero militar de los hermanos Castaño y hombre de confianza de algunos sectores de la elite antioqueña.

     

    Una noche, durante una reunión con algunos amigos en Medellín compartí con ellos mi trabajo con Doblecero. Un abogado de Medellín, invitado por uno de mis amigos, se encontraba escuchando con atención. Cuando terminé mi historia el abogado se levantó y me felicitó por haber conocido a Doblecero. Él me aseguró que el líder paramilitar había sido un patriota auténtico que sacrificó su vida por su país. Él no era como los otros líderes paramilitares ligados al narcotráfico, quienes minaron el proyecto de las autodefensas –aseguró el abogado–.Comparó a Doblecero con los miembros del Congreso que se encontraban tras las rejas, acusados de ser cómplices del paramilitarismo. Él los conocía personalmente y podía garantizar que todos eran verdaderos patriotas que hicieron tratos con los grupos de autodefensas solamente en beneficio de la nación.

    No le cabía en la cabeza que hubieran hecho efectivas tales detenciones, las cuales consideraba profundamente injustas. Nunca, como esa noche en Medellín –mientras escuchaba a ese abogado–, pude sentir y tocar la pasión y la fuerte motivación que durante décadas alimentó la alianza tenebrosa entre las escuadrillas de la muerte y ciertas élites colombianas. Todo en el nombre, no de la muerte y del terror, sino de la vida; de una vida mejor. Tales emociones e intereses han prolongado y profundizado la guerra, sumándose al espiral de muerte y de horror que sume al país en la oscuridad.

     

    En sus conversaciones conmigo Doblecero nunca reconoció que detrás de sus ideas y de sus intenciones, las cuales comunicaba con palabras nobles y enmascaraba con valores honorables, había una vida inaceptable de violencia y de muerte. Cuanto más le preguntaba sobre su experiencia y sobre sus motivos, más luchaba por justificar y darle sentido a las elecciones que había tomado durante su vida

     

    Intentaba quizá convencerse, al igual que el abogado de Medellín, de que su vida había tenido un significado y un propósito. Que todo lo sucedido con su vida había sido por el bienestar de Colombia, que Doblecero definió siempre como un país “hermoso”.

     

    Un día, repentinamente, me preguntó: ¿“Usted qué piensa de todo esto? ¿Cuál es el interés de su trabajo? Quisiera saber más sobre su trabajo. Para mí, hasta ahora, hablar con usted ha sido útil y una forma de autoanálisis”.

     

    Quizá todavía estoy en el proceso de encontrar una respuesta integral y satisfactoria a las preguntas de Doblecero, que me atormentaron durante un tiempo. A lo largo de mis años de trabajo de campo en Colombia como antropólogo, mientras recogía los testimonios de víctimas y de paramilitares, muchas veces me vino a la mente la historia de Gilles de Rais, un psicópata que aterrorizó a la Francia del siglo xv. Este asesino abusó sexualmente, torturó y asesinó a centenares

    de niños franceses; primero los secuestraba, escondiéndolos en uno de sus muchos castillos, los encerraba en una sala de tortura y de muerte y luego los estrangulaba mientras que se estimulaba sexualmente. El acto final –como sucedió a menudo con los paramilitares– consistía en picar los cadáveres.

     

    El filósofo francés George Bataille ofrece una descripción eficaz de De Rais:

    Imaginemos un reino del terror casi silencioso, el cual no para de crecer, y por el miedo a las represalias los padres de las víctimas vacilan para hablar. La angustia es la de un mundo feudal sobre el cual se imponen las sombras de grandes fortalezas… En la presencia de los castillos de cuentos de hadas de Gilles de Rais, los cuales eventualmente la gente llamará los castillos de Barba Azul, tenemos la obligación de recordar las matanzas de estos niños, presididas no por hadas hechiceras sino por un hombre sediento de sangre.

     

    Bataille presenta los horrores de De Rais sin la más mínima vergüenza, invitando al lector a no alejarse de la violencia. Esa actitud, de no negar la violencia, iluminó mi trabajo sobre los paramilitares en Colombia. No puedo cerrar los ojos frente a la violencia y considerarla sólo como algo aberrante y ajeno al medio en el cual los actores armados siguen multiplicándose como locos. Aún cuando resulte perturbador, el ensayo de Bataille es una invitación a asumir el crimen y la perversión, al igual que la muerte, como partes integrantes de la humanidad, así como un llamado a rechazar la tentación de excluirlos. Este punto necesita ser reconocido si un día queremos proponer una alternativa a la violencia.

     

    Bataille destaca que la violencia transgrede la integridad del cuerpo, el orden de las cosas, y cualquier límite. Sugiere que De Rais no puede ser entendido sin considerar las fuerzas más grandes que están en juego y que se encontraron en De Rais, y que este no pudo controlar: “Sus crímenes se originaron desde el inmenso desorden que lo descomponía, que lo descomponía, y lo desarticulaba”. En la búsqueda de solucionar mi curiosidad académica sobre la violencia de los paramilitares,

    necesito rescatar para el análisis y la investigación mi propia experiencia, el sentirme fragmentado y abrumado por esta; necesito incorporarla en mi raciocinio filosófico sobre la vida y sus dinámicas. El universo –escribió un poeta estadounidense–, no esta constituido por átomos sino por historias, y esta es la historia de un hombre que terminó enmarañado por una vorágine de terror y muerte. La vida de Doblecero es un reflejo no solamente de la guerra sucia de Colombia, sino del pensamiento “purgante” que ha inspirado y justificado tanta violencia. Ojalá esta historia, esta parte de un universo que compartimos, sirva para comprender y para encontrar alguna salida.

     

    Aldo Cívico

    Septiembre de 2009