jueves, octubre 13, 2005

LAS TRAICIONES DE SEGOVIA (FRAGMENTO)

Las traiciones de
Segovia

(fragmento) texto completo en el libro "Pais de plomo" de Juanita Leon o en www.elmalpensante.com
Por Juanita León 

Como Barranca, como Urabá, como el Magdalena Medio, el municipio de Segovia ha pasado del rojo

intenso al azul paramilitar en medio de convulsiones y contubernios políticos, sociales y

militares que nadie hubiera previsto apenas diez años atrás.

Cuando el jefe paramilitar del Bloque Metro, Rodrigo Franco, alias "Doble Cero", denunció

públicamente en agosto de 2002 a sus amigos militares de Segovia, Antioquia, por haberlo

traicionado, muchos colombianos renuentes a creer en la existencia de alianzas entre las

autodefensas y miembros del ejército finalmente creyeron.
Que la denuncia fuera hecha precisamente por Doble Cero le otorgaba mayor credibilidad, porque

Rodrigo Franco era el paramilitar de mostrar, el "comandante de las causas perdidas", como lo

bautizó el corresponsal estadounidense Scott Wilson en un artículo publicado en The Washington

Post. Doble Cero no estaba involucrado en el narcotráfico, era un hombre educado y no hacía alarde

de la violencia aunque la ejercía sin piedad. Parecía un hombre sensato. Nacido en Medellín en

1965, se educó en el tradicional colegio jesuita de San Ignacio. Fue teniente del ejército en la

década de los ochenta y sirvió en el Magdalena Medio, donde se hizo conocer por sus tácticas

contrainsurgentes poco convencionales e ilegales. Éstas empañaron su carrera militar hasta que en

1989 se retiró de las Fuerzas Armadas y -como otros cientos de oficiales- se fue a trabajar con

Fidel Castaño, en un principio como escolta. Gracias a su entrenamiento militar, Doble Cero

ascendió en la organización, convirtiéndose en una pieza clave para la consolidación de las

Autodefensas Unidas de Córdoba y Urabá y en amigo personal de Carlos Castaño.
Muchas cosas lo unieron al jefe de las Autodefensas Unidas de Colombia (auc) hasta cuando ambos

fueron asesinados por sus ex compañeros con pocos días de diferencia. Castaño, el 16 de abril de

2004; Doble Cero, el 28 de mayo. Pero una cosa los separaba: el narcotráfico. Castaño consideraba

que éste era un mal necesario para financiar la guerra contra la guerrilla, mientras que Doble

Cero estaba convencido de que el negocio de las drogas perjudicaba la cruzada contra las Farc,

corrompía el movimiento, lo traquetizaba. Su opinión era minoritaria dentro de las auc, y también

incómoda, lo cual obligó a Doble Cero a retirar a sus 1.500 combatientes del Bloque Metro de la

confederación paramilitar en septiembre de 2002.
Antes de llegar a esa decisión ocurrieron sucesos importantes. Cuando faltaba un mes para su

retiro de la confederación paramilitar, Doble Cero reveló en un comunicado de mediados de agosto

de 2002 que una patrulla del ejército al mando del subteniente Jairo Velandia Espitia había

asesinado el 9 de agosto a veinticuatro combatientes suyos en estado de indefensión en las afueras

del casco urbano de Segovia, tras citarlos para coordinar un ataque conjunto contra una columna de

las Farc. Su denuncia -ignorada por los medios, que en ese momento estaban concentrados en los

atentados terroristas cometidos por las Farc durante la posesión del presidente Álvaro Uribe en

Bogotá el 7 de agosto- ponía en entredicho al general Martín Orlando Carreño. El hoy comandante

del ejército dirigía en ese entonces la Segunda División y era considerado un oficial tropero y

aguerrido con una importante carrera militar por delante. El 10 de agosto había aparecido en una

rueda de prensa presentando el operativo de Segovia como una victoria histórica del ejército

contra los paramilitares, resultado de "varios meses de una ardua labor de inteligencia".
Los medios colombianos dejaron pasar el incidente y la denuncia de Doble Cero hasta que Scott

Wilson, corresponsal estadounidense del Washington Post, publicó el 18 de septiembre la versión de

que los paramilitares habían sido engañados y emboscados en Segovia. En su nota, Wilson señaló la

coincidencia y conveniencia de este aparente triunfo militar con la certificación anual en

derechos humanos realizada en esas fechas por el gobierno de Estados Unidos. La Operación

Tormenta, como la bautizó el general Carreño, era muy útil para despejar cualquier duda sobre el

compromiso -tantas veces cuestionado- del ejército en su lucha contra los paramilitares y para

asegurar la asistencia militar por 1.300 millones de dólares, objeto en ese momento de debate en

el Congreso estadounidense.
La ministra de Defensa, Marta Lucía Ramírez, y el vicepresidente, Francisco Santos, salieron de

inmediato a descalificar públicamente el artículo del Post. Pero ya era demasiado tarde. El Tiempo

publicó al día siguiente el escalofriante testimonio de uno de los paramilitares emboscados, quien

supuestamente había entablado la relación con el subteniente Velandia, y Doble Cero concedió

sendas entrevistas a medios nacionales e internacionales en las cuales describió en detalle la

alianza de los paramilitares con los militares en Segovia. El incidente se convirtió en una

auténtica pesadilla para el gobierno, porque aunque la larga connivencia entre autodefensas y

militares o policías es evidente desde hace varios años en algunas regiones, la élite en Bogotá ya

no pudo seguir negando la alianza, una vez lo escuchó directamente de boca del paramilitar. La

confesión de un criminal es irrebatible.

La increíble metamorfosis de Segovia
Segovia es un municipio minero de 32.000 habitantes situado 200 kilómetros al nororiente de

Medellín. Su metamorfosis es un ejemplo de las rápidas mutaciones que han venido sufriendo ciertas

regiones de Colombia, donde más agudo ha sido el conflicto. Mientras en los años ochenta el

municipio fue víctima de cruentas represalias de paramilitares por ser uno de los más antiguos

bastiones de la izquierda en el occidente del país, ahora el pueblo en masa enterraba a sus

antiguos victimarios como si fueran mártires de la patria.

 

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