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  • Aquí me quedé: memoria de la resistencia en San Carlos, Antioquia

    Aquí me quedé: memoria de la resistencia en San Carlos, Antioquia

    Las acciones guerrilleras y paramilitares poco a poco desolaron este municipio del Oriente antioqueño. Muchos se fueron, pero otros se quedaron. Esta crónica exalta la valentía y fortaleza ante tanta adversidad de quienes se resistieron a salir.

    Profesora Betty Loaiza, una mujer que se resistió a abandonar San Carlos. Foto Jenny Echavarría
    Tenía su mano debajo de la mesa, la empuñó y apretó la imagen de la Virgen de la Milagrosa. La profesora Betty Loaiza viajó hasta el corregimiento de El Jordán para hablar a solas con el comandante paramilitar Gabriel Muñoz Ramírez, conocido con el alias de ‘Castañeda’. Entró a una casa y se sentó al frente de él. Pensó, y aún lo piensa, que los papeles se intercambiaron. Castañeda, a quien sus subalternos temían, permaneció en silencio mientras Betty le hablaba. “Si usted me va a matar dígame por qué y me da tiempo para decirle a mi familia. ¿A usted no le parece muy lamentable que a una persona la maten y que nadie sepa qué pasó?”.

    Siendo niña, Betty y algunas monjas del Movimiento Mariano le llevaban cigarrillos y comida a los reclusos de la cárcel de San Carlos, entre los que estaba ‘Castañeda’. Ella nunca supo si él la recordaba, su presentimiento le dice que sí, eso explicaría los reproches y las ofensas que él nunca le hizo y que acostumbraba hacerle a quienes se acercaban a hablar con él.

    Cuando Betty terminó de hablar, ‘Castañeda’ cogió un cuaderno de una mesa y se lo mostró. “Vea, contra usted no hay nada”, le dijo el paramilitar mientras le señalaba una lista donde estaba su nombre, con un espacio en blanco debajo, y los de sus compañeras. Algunas de las maestras en la lista tenían escrito por qué se les acusaba: “su hija está con un policía”, “sale con un soldado” o “habla con un guerrillero”. (Ver:Todas las guerras atacaron a San Carlos)

    Betty le pidió a ‘Castañeda’ borrarla de la lista. Él  cogió el cuaderno y lo puso debajo de su brazo, se rió, unos segundos después lo abrió, arrancó una hoja y le dijo: “vea, haga con ella lo que quiera”. Ella apretó con fuerza la imagen de la Virgen. En esa hoja estaba su nombre, el de sus compañeras y el de algunas personas que no conocía. Ella rasgó la hoja, se metió cada papelito en la boca y se los tragó. El paramilitar la miraba en silencio. Al terminar la reunión ‘Castañeda’ le dio las últimas indicaciones: “Ahora que cite a los otros maestros, también la voy a citar a usted para que después no digan que tenemos un trato”.

    Ocho días después, ‘Castañeda’ dio la orden de reunir a todos los profesores de San Carlos en el coliseo de El Jordán, como ya lo había hecho con los funcionarios de la Alcaldía y los comerciantes. “El Político”, uno de los hombres de confianza del comandante, llamó a algunos de los maestros que aparecían en la lista y los llevó hasta donde estaba su jefe. De nuevo llamó a Betty y a sus compañeras. La orden era vigilarlas a todas.

    Día y noche, durante un mes, viajara a la escuela, a la iglesia o a su casa, Betty veía el mismo hombre detrás de ella. Aunque la vigilaron por poco tiempo, se acostumbró a caminar rápido de la iglesia a su casa o de la casa al colegio en la vereda Vallejuelos, donde dictaba clases.

    Aprendió a caminar sola. Prendía la radio y escuchaba la misa. Aunque la señal no se escuchara bien, era lo único que la distraía del silencio y el caer de las hojas, a lo que más le temía Betty. Algunas veces se encontraba con ocho maestros a la entrada del pueblo, junto a los charcos de San Antonio. Otras veces caminaba acompañada del profesor Omar Cardona. Hablaban y rezaban. Así, Betty vencía el miedo de caminar por la carretera y encontrarse con algún grupo armado o con un cadáver. De regreso a su casa caminaba rápido, mientras rezaba 33 Credos. “Yo ni miraba, porque aprendí a caminar como un perro con la cabeza agachada”, recuerda Betty. (Ver: Así vivieron el conflicto armado en San Carlos, Antioquia)

    La historia de Betty representa a por lo menos 3 mil sancarlitanos que se quedaron en el municipio, resistiendo las estrategias de miedo y terror que los grupos armados ilegales, tanto guerrillas como paramilitares, aplicaron a sus pobladores, forzando su desplazamiento a otras regiones del departamento y del país. Se calcula que entre 1997 y 2005 abandonaron la población, según cifras oficiales, 22.076 personas, es decir el 85 por ciento de la población, estimada en  25.840. Quienes se quedaron fueron víctimas y testigos de extorsiones, confinamientos, secuestros, desabastecimientos y persecuciones por parte de grupos armados legales e ilegales. (Ver: Un pueblo que pasó de las masacres a los retornos)

    “Una guerra contra todos”
    En respuesta a los constantes ataques de la insurgencia contra los comandos de policía, la Dirección de la Policía Nacional ordenó a comienzos de agosto de 1999 la evacuación de los agentes destacados en San Carlos y en otras cinco poblaciones de Antioquia: Altamira, Argelia, Peque, Sabanalarga y San José del Nus.

    Horas después de la retirada de los uniformados de San Carlos, ocurrida el 7 de agosto de ese año, facciones de las Farc se ubicaron en los alrededores del pueblo y comenzaron a bajar al casco urbano con total naturalidad, sin que ninguna autoridad los combatiera. Ese día, los guerrilleros reunieron en el polideportivo a los pobladores que encontraron para advertirles que desde ese momento iban a estar a cargo de la seguridad de pueblo.

    En los días siguientes, hombres armados y uniformados se paseaban por las calles, los restaurantes, las cafeterías, las canchas, los bares y la plaza de mercado. Los sancarlitanos vivían entonces bajo una nueva autoridad.

    Guillermo Mejía, dueño de la cafetería Luz de Luna, ubicado en una de las esquinas de la plaza, atendía a los insurgentes en su negocio y les daba lo que pidieran, pagaran o no pagaran. “Esto era manejado por la guerrilla. Ellos entraban y salían como Pedro por su casa. Aquí llegaba gente que yo no conocía y, de todas maneras, me tocaba atenderlos para no ganarme algún problema”.

    Prevenido, como permanecían la mayoría de las personas que se quedaron en San Carlos, este comerciante guardaba en la parte  de atrás de la cafetería, donde tenía la bodega, una escalera, un lazo y una linterna, que le servirían para huir por el techo de su  negocio en el caso de que hubiera alguna confrontación armada con el Ejército.

    Durante el corto tiempo que estuvieron los hombres de las Farc en San Carlos, se celebraba la octava versión de las Fiestas del Agua. A las diversas actividades culturales acudían los guerrilleros. Pero las cosas iban a cambiar el miércoles 11 de agosto, cuatro días después de su llegada y de la evacuación de los agentes de policía. Alrededor de 300 paramilitares descendieron del Alto de la Cruz, ubicado en la parte alta de la vereda El Cañaveral, para tomarse el pueblo. Entraron a algunas de las casas y sacaron a la fuerza e indiscriminadamente a hombres, mujeres, niños, niñas y ancianos.

    En el coliseo estaban los integrantes del grupo de teatro La Gotera de San Carlos, con algunos actores del teatro Matacandelas de Medellín, quienes se preparaban para su obra de títeres y de música. Todos estaban maquillados: tenían la cara pintada de blanco y una sonrisa dibujada.

    Marly Carvajal, una de las integrantes de La Gotera salió del coliseo hacia la Casa de la Cultura, ubicada a una cuadra de la plaza, en busca de los telones para armar el escenario. Cuando vio a los paramilitares caminando por el parque corrió hasta la Casa de la Cultura y se escondió allí. Los ilegales fueron detrás de ella, la sacaron y la llevaron a la plaza. De lejos, la actriz veía a Faber, uno de los actores, con su cara pintada de payaso y su sonrisa dibujada mientras era requisado.

    Mientras tanto, la profesora Betty, quien estaba en coliseo con sus tres hijos y un sobrino, vio a varios uniformados acercándose. Pensando que era el Ejército se arrimó a uno de ellos para preguntarle qué pasaba. Uno de los hombres se presentó como paramilitar y le dijo que se escondiera junto con los cuatro niños. Sorprendida por el aviso, cargó a dos de los niños y a los otros dos los tomó de la mano. Corrió y se resguardó en una de las casas cercanas al coliseo, donde vivían dos señoras. Cerraron puertas y ventanas. Tomó el teléfono y llamó a su esposo, que se había quedado en la casa recuperándose de una fiebre. “Negrito apague todo, métase a la última pieza y no abra nada que yo lo llamo cuando vaya a llegar”, le dijo con la voz quebrantada y acelerada por los nervios.

    Betty y las dueñas de la casa comenzaron a rezar el Padrenuestro y el Credo. A las 6 de la tarde les avisaron que ya habían dejado salir a las mujeres y a los niños. Cogió a sus hijos y su sobrino y los llevó a la casa. Su mamá le avisó que su hermano y su cuñado estaban retenidos, sin cédulas, en el coliseo. Ella y  Mercedes, la Personera del municipio en ese momento, salieron a llevarlas. “Ese pueblo parecía un pueblo fantasma. Cuando pasamos por el quiosco de la plaza estaban esos paramilitares bebiendo y empezaron a vacilarnos”, recuerda la docente. Al llegar al coliseo, le entregaron las cédulas a un hombre conocido como ‘El Mocho’.

    En medio de la requisa, guerrilleros de las Farc alertados sobre lo que estaba pasando en la cancha de fútbol del Polideportivo, comenzaron a dispararle a los paramilitares. Las personas que estaban retenidas corrieron hacia todos lados. Betty y Mercedes sintieron los primeros disparos justo cuando entraban a la casa. “Ese día ya había gente para matar. La gente toda salió corriendo, por eso se salvaron”, afirma la profesora.

    Asfalto: la dureza de la guerra
    Aspecto de la obra Asfalto, del grupo de teatro La Gotera. Foto: Jenny EchavarríaCon zancos y comparsas, Marly y sus compañeros del teatro La Gotera pasaban de casa en casa recolectando comida, ropa, cobijas y todo lo que pudiera servir para atender a los cientos de desplazados que llegaban al casco urbano. Se calcula que por lo menos 800 personas, entre adultos y niños, huyeron de la zona rural a finales de 2002 y comienzos de 2003, donde paramilitares y guerrillas se disputaban el territorio a sangre y fuego.

    Dos masacres marcaron a los desarraigados: la primera fue perpetrada el 22 de noviembre de 2002 en la vereda El Chocó por comandos del Bloque Metro de las Autodefensas Campesinas de Córdoba y Urabá (Accu) que dejaron por lo menos 11 campesinos muertos. En retaliación, las Farc atacaron la vereda Dosquebradas el 16 de enero de 2003 y dejaron 18 personas muertas.

    Una y otra acción armada ocasionó un gran desplazamiento de campesinos hacia el casco urbano, a donde llegaron con pocas pertenencias, todas ellas apretadas en costales y cajas de cartón; en el lomo de los caballos venían algunos electrodomésticos y en cajas de madera los animales de corral.

    “Ellos llegaron con ganas de contarnos muchas historias, y casi que hacían su catarsis. No sabíamos qué hacer con ellos, entonces, empíricamente, empezamos a mirar cómo sacarlo con nuestros insumos artísticos”, narra Marly mientras rememora el momento que la motivó a escribir la obra de teatro Asfalto.

    Las  voces, los miedos y los recuerdos de las personas de los sancarlitanos se hicieron visibles en Asfalto para representar la dureza de la guerra y los golpes que soportaron por más de una década. En un mismo espacio confluyen las diversas caras de la confrontación armada: el joven reclutado, la madre que llora a su hijo, el periodista “amarillista”, los niños víctimas de minas antipersonal y la ignorancia del Ejército y la Policía.

    Para Marly, “la obra Asfalto sigue sirviendo como duelo, porque nosotros no la actuamos, la vivimos. La historia toca a muchos, pero no señala”. En ella están representadas las víctimas y escenificados los hechos que causaron tanto dolor.

    Desde su primera presentación en el 2005, esta obra conserva la memoria de San Carlos y la resistencia de sus habitantes. Con el salón a oscuras y el escenario iluminado por tenues luces rojas, azules y amarillas, estaban los siete actores vestidos de negro, asustados y en silencio. Se miraba uno con el otro. Afuera, los invitados: jefes de la policía, militares, desmovilizados, víctimas y habitantes del municipio. Se llegó el momento de iniciar el recorrido por la memoria. “Los de las voz sin voz nos pronunciamos”, gritó uno de los actores.

    En contexto
    Esta crónica hace parte del trabajo de grado Aquí me quedé de los estudiantes de Jenny Alejandra Echavarría Robledo y Juan Fernando Foronda para optar por el título de Periodismo en la facultad de Comunicaciones de la Universidad de Antioquia.

    Se trata de una amplia mirada sobre aquellas personas que decidieron resistirse a los embates de la guerra y no abandonar el municipio de San Carlos, como sí lo hicieron casi el 85 por ciento de los pobladores, muchos de ellos sus familiares, amigos y vecinos. Entre las personas que se quedaron están Betty Loaiza, Herminia Castaño, Ángela Escudero, Yorman Giraldo y buena parte de los integrantes del grupo de teatro La Gotera.

    Producto de las labores de investigación son el documental Aquí me quedé, que puede verse en su totalidad en nuestra sección de videos, y la página web del mismo nombre, que VerdadAbierta.com presenta a sus lectores, como una manera de apoyar este tipo de iniciativas de memoria, tan necesarias en nuestro país.

     

    Haga clic en la imagen para ir al portal de Aquí me quedé
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  • ¿QUIEN RESPONDE POR EL DESPOJO DEL BLOQUE METRO? (¿...y por las Victimas?)

    ¿Quién responde por el despojo del Bloque Metro?

    0-cristalesEn la Unidad de Restitución de Tierras reposan 171 solicitudes de restitución de predios en el municipio de San Roque, nordeste de Antioquia. Los responsables serían antiguos comandantes del Bloque Metro muertos en la guerra.  

    En la zona rural de Cristales operó el Bloquue Metro de las Auc, que estuvo bajo el mando de alias 'Doble Creo'. Foto: VerdadAbierta.com.

    A Contreras* la violencia paramilitar lo sorprendió la mañana del 12 junio de 2002. Ese día se cumplieron todas las advertencias y amenazas que César de Jesús Gómez Giraldo, alias ‘El Panadero’, temido comandante del Bloque Metro de las Autodefensas Campesinas de Córdoba y Urabá (Accu), le había lanzado meses atrás.

    “Llevaba varios meses insistiéndome que le vendiera mi finca y la verdad yo no quería salir de ella. Yo le respondía que no estaba en venta. Como a la cuarta vez de decirle que no, llegó otra vez ‘El Panadero’ y me dijo que si no quería vender pues que negociaba con la viuda y que ya la cosa era diferente porque el precio se lo ponía él”, cuenta Contreras.

    Su predio queda en el municipio de Maceo, nordeste de Antioquia, y tiene poco más de 650 hectáreas de extensión. Contreras lo adquirió en 1986 por 68 millones de pesos. Para esos años disfrutaba de la bonanza y la prosperidad que le reportaba su habilidad como ganadero. De hecho, su nueva propiedad tuvo como destinó la cría, levante y comercialización de ganado vacuno.

    Y así fue, hasta finales del año 2001, cuando alias ‘El Panadero’ fijó su atención en la finca de Contreras. Para esa época, el Bloque Metro había iniciado una feroz ofensiva contra las guerrillas de las Farc y Eln en municipios como Cisneros, Maceo, Caracolí, San Roque, Yalí y Yolombó, entre otros. Para poder doblegar a sus enemigos, los paramilitares fortalecieron su aparato militar gracias a los cuantiosos recursos que les reportaba el hurto de gasolina al poliducto Sebastopol-Cartago que atraviesa el nordeste antioqueño.

    “Por mi finca pasaba un tubo de Ecopetrol y como yo tenía pavimentada la entrada, pues a ellos les quedaba muy fácil llevar los carrotanques y pegarse del tubo para robar gasolina”, dice Contreras al tratar de entender el porqué del obsesivo interés del jefe paramilitar por su propiedad. ‘El Panadero’ usaría después devastadores métodos de la violencia para adueñarse de una tierra que terminó sirviendo de base paramilitar para los hombres del Bloque Metro.     

    El negocio
    La desaparición del Bloque Metro tiene en limbo a las víctimas. Foto: VerdadAbierta.com.

    En la mañana del 12 junio de 2002, alias ‘El Panadero’ llegó a la finca de Contreras en una camioneta tipo campero, acompañado de varios hombres vestidos de civil y armados con fusiles. Luego de preguntar por él y ordenarle que subiera al vehículo, partieron con rumbo al municipio de San Roque. Allá, en la Notaría Única de esa localidad, aguardaban por él una mujer y varios hombres más con la escritura de compra-venta ya diligenciada.

    “Solo me dijeron que firmara y ya”, relata el campesino. Y así lo tuvo que hacer. Ante Luz Cristina Cadavid Restrepo, notaria única de San Roque, Contreras selló con su firma la escritura No. 125 en la que constaba que vendía su propiedad a un mujer de nombre Luisa Fernanda Jaramillo Orrego por valor de 81 millones de pesos, “suma que declara el vendedor recibida de manos del comprador a su entera satisfacción a la fecha”, tal como se lee en el documento público.

    Sin embargo, contrario a lo consignado en el papel ante la mirada atenta de la notaria, Contreras recibió de parte de los hombres presentes en el despacho notarial seis cheques del Banco Ganadero por valor de 10 millones de pesos cada uno, “de los cuales solo se hicieron efectivos dos, porque los otros salieron sin fondos”, recuerda. Después de sellar la negociación con tintes de fraude, el destierro de Contreras del pueblo fue cuestión de semanas.

    Según han podido establecer organismos judiciales, Luisa Fernando Jaramillo Orrego fue la compañera sentimental de alias ‘El Panadero’, exjefe paramilitar que perdiera la vida en noviembre de 2003 en un combate con tropas de la Brigada XIV del Ejército Nacional en zona rural del municipio de San Roque, justo en momentos en que diversas facciones paramilitares, en conjunto con fuerzas militares, le habían declarado la guerra a muerte al Bloque Metro (Ver: La cuota de ‘H.H’ en el exterminio del Bloque Metro).

    La finca de Contreras cambió de dueño el 25 de septiembre de 2002. En la misma Notaría Única de San Roque se firmó la escritura pública No. 226, en la que se lee que Jaramillo Orrego vende esta propiedad por 81 millones de pesos a Juan Guillermo Sierra Monsalve, conocido en la región con el alias de ‘Gavilán’ y quien fuera mano derecha de ‘El Panadero’.

    En 2013 el entonces representante a la Cámara Iván Cepeda divulgó una entrevista que le hizo a Sierra Monsalve en la cárcel de Cómbita, donde se encuentra recluido actualmente purgando una condena por paramilitarismo, en la que señala al expresidente Álvaro Uribe Vélez de haber patrocinado la conformación de grupos paramilitares en el nordeste antioqueño. (Ver: Los ‘paras’ que han salpicado a Álvaro Uribe)

    La finca volvió a ser objeto de una nueva transacción comercial tan solo diez meses después, cuando Sierra Monsalve le vendió este predio a Francisco Luis Montoya Serna, por valor de 84 millones de pesos. El negocio fue perfeccionado a través de la escritura pública No. 209 del 22 de julio de 2003 de la Notaría Única de San Roque.

    Hoy, Contreras vive en Medellín y no pasa un día sin que lamente lo que le sucedió: “no solo me despojaron de mi finca, donde tenía trabajadores, vivía bien, era productivo; después de eso mi esposa me dejó, se llevó mis hijos y me enfermé demasiado. Hoy padezco de problemas de azúcar, osteoporosis y artrosis y vivo de arrimado”.

    Según se enteró por informaciones de paisanos y allegados con quienes mantiene contacto, su predio hoy se encuentra en manos de un hombre llamado Jaime Martínez Vallejo, quien la cedió en herencia a sus dos hijos. Recuperar lo que antes fue su próspera finca ganadera se ha convertido para este hombre en la fuerza que lo anima a levantarse todos los días. Pero todo indica que no será una tarea fácil.  

    El Bloque exterminado
    Foto: VerdadAbierta.com.

    En octubre de 2011, Contreras puso su caso en conocimiento de los funcionarios de la desaparecida Comisión de Tierras de la Comisión Nacional de Reparación y Reconciliación (Cnrr) que, tras entrar en vigencia la Ley 1448 (o Ley de Víctimas y Restitución de Tierras), trasfirió todos sus archivos a la URT con sede en la ciudad de Medellín, entre ellos su expediente.

    Su caso reposa junto a otras 171 solicitudes de reclamación de predios despojados o abandonados en el municipio de San Roque, que comprometen unas 2.926 hectáreas. En el 85 por ciento de los expedientes, los denunciantes señalan a desaparecidos miembros del extinto Bloque Metro de las Accu, o sus simpatizantes, como los responsables del despojo. A la fecha, del total de las solicitudes radicadas ante la URT, solo 16 han sido presentadas ante los jueces de tierras. Entre ellas no está la de Contreras.

    “No sé por qué no avanza”, manifiesta el campesino, a quien le embarga una profunda duda, compartida por otras 25 mil víctimas que dejó el accionar del Bloque Metro en el Oriente y Nordeste antioqueño, así como la ciudad de Medellín: ¿quién podrá esclarecer los numerosos crímenes cometidos por esta estructura paramilitar si la gran mayoría de sus integrantes están muertos? En su caso las dudas van más allá: ¿quién podrá aclararle el papel que jugó la Notaría de aquel entonces, cuyos vínculos con integrantes del Bloque Metro fue vox populi en la región?

    Para su infortunio, uno de los pocos postulados del Bloque Metro a la Ley de Justicia y Paz que venía colaborando con el esclarecimiento de su caso falleció en hechos que aún son motivo de investigación. Se trata de John Fredy González Isaza, conocido con el alias de ‘Rosco’, quien fue lugarteniente de alias ‘El Panadero’ en Maceo.

    En entrevista rendida ante fiscales de Justicia y Paz de Bogotá, en mayo de 2010, alias ‘Rosco’ declaró que “yo sé que él (Panadero) se había adueñado de la finca de ese señor de Maceo, No conozco detalles pero sí sé que fue él quien se apoderó de esa finca”. Alias ‘Rosco’ murió en extrañas circunstancias en un penal de Barranquilla en mayo de 2013.  

    Actualmente figuran 25 excombatientes del Bloque Metro como postulados a los beneficios de Justicia y Paz, en su mayoría patrulleros, quienes sobrevivieron a la persecución y exterminio de facciones de las Autodefensas Unidas de Colombia (Auc) lideradas por Diego Fernando Murillo Bejarano, alias ‘Don Berna’, la que según investigadores adscritos a la Unidad de Justicia Transicional (antes Justicia y Paz) de la Fiscalía, inició el 17 de septiembre de 2003.

    Ese día se perpetró una masacre en la finca Las Margaritas del municipio de Gómez Plata, también en el nordeste, donde murieron casi todos los integrantes de este bloque.  “Los ‘paras’ de los bloques Mineros y del Central Bolívar se enteraron de que los del Bloque Metro iban a estar en esta finca y les tendieron una emboscada. Se presume que aquellos combates que duraron más de seis horas, participó el Ejército, y murieron el ‘Águila’, el ‘Alacrán’, ‘Daniel’, ‘Rafa’, ‘Marcos’, ‘Móvil 10’, ‘Tocayo’, que eran todos los ‘duros’ del Bloque Metro en esa región”, relata un investigador judicial a VerdadAbierta.com.

    Todo indica que este episodio se desencadenó por una venganza. “Una gente del (Bloque) Metro mata a un tipo llamado Fernando Alberto Calderón Isaza, al que le decían ‘El Mejicano’, muy amigo de ‘Macaco’ (Carlos Mario Jiménez)”, continúa el funcionario judicial, quien añade: “cuando ‘Macaco’ se enteró, se llenó de rabia y entonces hizo una alianza con ‘Cuco’ (Vanoy) y se juntaron los bloques Minero y Central Bolívar para acabar con el Metro”.  

    Después de esto, el Bloque Metro comenzó a perder la hegemonía territorial en el nordeste antioqueño que había ganado a punta de fusil y sangre. En noviembre de ese año, cayó “El Panadero” en un combate con el Ejército, como se dijo antes; y en mayo de 2004, ‘Doble Cero’, máximo comandante de ese Bloque, cayó asesinado en Santa Marta. Su muerte fue el acta de extinción de la estructura paramilitar que alguna vez lideró.

    Desafortunadamente, estas vendettas entre paramilitares dejaron en ascuas a víctimas como Contreras, quienes se preguntan si algún día habrá justicia, verdad y reparación para ellos, para las silenciosas y ocultas víctimas del Bloque Metro.

    * Nombre cambiado por petición de la fuente.