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  • La crueldad vino después de la Operación Orión (Semana.com)

    La crueldad vino después de la Operación Orión

    Por Juan Diego Restrepo E*   

    El 16 de octubre de 2002 comenzó el proyecto de pacificación en la comuna 13 de Medellín, que luego consolidaron las AUC apelando a la desaparición forzada. Crónica inconclusa de una tragedia expuesta como exitosa por las autoridades. Martes 16 Octubre 2012 “Mami, me voy a ir con ellos que me tienen que hacer unas preguntas”. Las palabras fueron pronunciadas por Arles Edison sin mayores premuras. Se escucharon tranquilas y se percibía en ellas la promesa de un pronto regreso. Pero la intuición femenina le hizo sentir a Luz Enith que en ese momento se estaba abriendo una puerta a la fatalidad. Por eso ella no olvida ese instante. Eran las 8:45 de la noche del sábado 30 de noviembre del año 2002. Arles Edison y Luz Enith trabajaban en medio del ruido caótico al que ya se habían acostumbrado: los comensales hablaban, masticaban, gesticulaban, palmoteaban para solicitar atención. Las risas y las voces se mezclaban con los sonidos de botellas, platos y cubiertos. Se sentía el movimiento cotidiano de una noche de fin de semana en Asados El 20. Pero aquella noche la rutina se quebró cuando llegaron a la puerta del local dos hombres muy bien vestidos que nunca había visto por allí y le preguntaron a Luz Enith el precio del pollo asado; ella, cortésmente, les respondió. Después se interesaron en saber quién era su esposo y señaló a Arles Edison. Ellos le corrigieron: “no a su patrón, a su esposo”. Ella les aclaró qué el señalado era su esposo. Luego le averiguaron por el negocio, si era propio. Les contestó que no, que el inmueble era arrendado. Ellos simplemente lo administraban. Los dos hombres no preguntaron más y se fueron. Temerosa de ese extraño y corto interrogatorio, se le acercó a su esposo: “Mi amor, esa gente estaba preguntando que quién era usted, que cómo se llamaba, que si el negocio era de nosotros”. Él, sobresaltado, le preguntó: “¿Será que nos van a atracar?”. De inmediato, se fue hasta el fondo del negocio y escondió la plata que habían recogido de la venta de esa noche. Cuando volvió al salón, vio en la puerta del local a los dos hombres que minutos antes habían abordado a Luz Enith, pero esta vez acompañados de dos hombres más. Uno de ellos, con voz seca, lo llamó: “Arles, hágame el favor”. Él salió a atenderlos. Su esposa lo quiso acompañar, pero uno de los desconocidos se lo impidió. Hablaron cerca de cinco minutos, después de los cuales llamó a Luz Enith y le dijo: “mami, me voy a ir con ellos que me tienen que hacer unas preguntas”. Uno de los hombres también se dirigió a la mujer y la intentó tranquilizar: “dentro de una hora se lo regresamos porque mi patrón, el que va a hacer las preguntas, no está por acá”. En una reacción instintiva, Luz Enith agarró a su esposo de la mano y le dijo, angustiada, que no se fuera solo: “Espéreme yo cierro el asadero y nos vamos juntos”. En respuesta, recibió de su esposo un no rotundo: “mejor quédese despachando los pollos que hacen falta para vender que yo le prometo que vuelvo”. Justo en ese instante apareció un taxi y su conductor se mostraba presuroso. De inmediato, quienes interrogaban a Arles Edison abrieron las puertas del vehículo y lo obligaron a abordarlo. Junto a él se acomodaron tres más y otro se ubicó al lado del conductor. Luego, raudo, el carro partió del lugar. Temiendo lo peor, Luz Enith se desesperó y comenzó gritar que la ayudaran porque a su marido se lo estaban llevando. Pero nadie respondió a su voz de auxilio. La mujer entonces inició una búsqueda desesperada que la llevó a encontrarse cara a cara, tres días después, con los enterradores. Fue una tarde de nubes bajas y prontas a romper en lluvia. Un frío penetrante acompañaba los presurosos pasos de Luz Enith y Alberto, su cuñado. Ella, profundamente triste, se aferraba a su rosario, buscando protegerse de lo desconocido. Él, en silencio, seguía a la mujer. El susto les impedía modular cualquier palabra. Cada paso en aquella montaña los conducía a un destino donde la vida dependía de otros. A lo lejos se veía la ciudad. Rugiente, acelerada, atascada entre el pasado y el presente. Después de haber dejado las últimas casas y adentrarse en una senda demarcada en la tierra por los continuos pasos de quienes la transitan, Luz Enith y Alberto llegaron a un claro en el monte. Allí, varios hombres cavaban la tierra de manera pausada, sin afán, cada uno concentrado en una pequeña franja del terreno. No saludaron, ocultaron sus rostros, sus ojos evitaron la mirada de aquella mujer y de aquel hombre que lograron subir hasta ahí sobreponiéndose al miedo. En aquel sitio lóbrego, donde los enterradores persistían en perforar la tierra y abrir varias fosas, Luz Enith esperaba encontrar indicios de su esposo. Un vecino le dijo que tal vez los hombres que se lo llevaron lo habrían conducido hasta esa montaña y lo tendrían retenido en alguna casa campesina. Esa era una versión optimista. La pesimista circulaba en voz baja entre sus amistades: quizás esté en ese lugar, sí, pero enterrado. Ambas versiones circulaban profusamente no sólo en el barrio 20 de Julio, de donde se habían llevado a Arles Edison, sino en otra decena de barrios de la populosa comuna 13 de Medellín, ubicada en las laderas occidentales del valle que rodea la capital del departamento de Antioquia. Lo que se rumoraba es que, una vez concluyó la Operación Orión, los paramilitares comenzaron a mandar en las calles, de día y de noche; querían imponer su autoridad y borrar todo vestigio de aquella insurgencia armada que había asentado allí sus bases de operación. Lo que se decía asustaba a Luz Enith. Unos metros más adelante del lugar donde estaban los enterradores, ella y su cuñado encontraron una casa rústica. Superando de nuevo el temor que les recorría sus agitados cuerpos atravesaron la puerta principal. No había gente en ella, pero lo que vieron los llenó de curiosidad: atados de ropa y zapatos regados por todo lado. Salieron apresurados porque querían emprender el regreso lo antes posible. El ambiente frío en aquellos parajes los estaba agobiando. Alejados unos pasos de la casucha solitaria y desorganizada apareció un hombre joven, portando un radioteléfono: “¿Ustedes qué buscan?”, preguntó con voz altanera. Luz Enith respondió: “Yo quiero saber qué pasó con mi esposo, pues hay rumores de que ustedes lo tienen”. El desconocido la interpeló: “¿Y quién es su esposo?”. “Es la persona más noble y más señor en el sentido de la palabra que había en el barrio el 20 de Julio. Se llama Arles”, contestó ella y con voz segura reclamó: “yo quiero hablar con su patrón”. El joven se apartó unos metros de Luz Enith y Alberto y comenzó a hablar por el radioteléfono. Sus palabras y las de su interlocutor eran inaudibles. Minutos después se acercó de nuevo a ellos y en tono imperativo les dijo que se fueran: “¡Váyanse! ¡Váyanse ya! Seguro que su esposo estaba en ese barrio donde sólo hay guerrilleros”, vociferó, y para aterrorizarla agregó: “tranquila, que él le llega picado entre una bolsa de basura”. La amenaza del hombre no se cumplió, pero ya han pasado casi diez años y Arles aún no aparece.

    * Periodista e investigador.

  • NUNCA MAS CONTRA NADIE. !PUNTO¡

    El libro "Nunca más contra nadie.", de Carlos Olaya, reconstruyó la historia del conflicto armado en San Carlos, oriente antioqueño.Reseña de Juan Alberto Gómez para VerdadAbierta.com.
         
    Aspecto de la portada del libro de Carlos Olaya sobre un pueblo que se recupera de la guerra.      

    En materia de ortografía, hasta los mejores escritores cometen errores o, digamos, lapsus y desatenciones. Ocurren errores de digitación o de imprenta. Pero también hay quienes, dominando la norma, la transgreden con absoluta conciencia queriendo comunicar con ello una intención o proponiendo una significativa desobediencia que hace parte del sentido de la obra. En este orden, el punto al final del título del libro del historiador Carlos Olaya que aparece en la portada, fue premeditado y no producto de un simple “lapsus”. La contundencia de la frase que le da el título al libro realmente lo justifica: “Nunca más contra nadie.”     

    Un amigo periodista me hizo caer en la cuenta: “a ese título le sobra el punto”. Casi intuitivamente respondí: “Bueno, yo lo interpreto como una intención del autor para que jamás vuelvan a ocurrir esos hechos; es decir: ‘Nunca más contra nadie’, punto.” Un sello rotundo para que no se repitan las atrocidades allí reseñadas. El mismo autor me sacó de la duda y me explicó que, efectivamente, el punto fue intencional.

    Olaya nos ha regalado un libro en buena letra contra el olvido. "Nunca más contra nadie." no es solamente el registro riguroso y bien documentado de la historia de la violencia en San Carlos, sino la exploración del que coteja los árboles con la mirada puesta en el bosque. Para ello lo autoriza su profesión y su trabajo, pero, más que nada, el conocimiento directo del territorio.

    Ser protagonista y testigo de algunos de los hechos que se narran otorga una visión especial no exenta de riesgos. Cuando las situaciones tocan de tal modo la sensibilidad, puede nublar nuestro juicio y socavar las buenas intenciones de comprender y extraer lecciones. En este caso, considero que el autor se sustrajo de tales riesgos sumergido en los baños de agua fría de las fuentes de los archivos históricos. “Lo escrito, escrito está”, dice el viejo refrán; y aunque no es garantía de verdad, el documento es un referente, un rastro siempre valioso para el historiador sabueso. Sobre este primer mérito, destaco la publicación que lleva por frase subtitular: “Ciclos de violencia en la historia de San Carlos, un pueblo devastado por la guerra”

    Como periodista, nunca será suficiente la gratitud que le debo al autor en relación con ese primer mérito que tiene la obra. Por ejemplo, el hecho de saber que fue en el mes de diciembre de 1968 en el que cayó abatido el bandolero del Partido Conservador, Alpidio Sánchez, alias 'Satanás'. Ubica históricamente al mito popular cuyo relato escuché de don Ingnacio Sánchez en el corregimiento Samaná. Lo mismo sucede con la masacre cometida por alias 'Chicote', de las guerrillas liberales, entre los meses de abril y mayo de 1952. Ahora sabré que los detalles de este suceso están contenidos en los documentos de la carpeta 2 de la caja 578 de la serie Gobierno-municipios del Archivo Histórico de Antioquia. Y que aquellas historias que me contaron los viejos Feliciano Arias, en San Luís, y Pacho Daza, en el corregimiento El Jordán, de San Carlos, sobre los míticos pistoleros 'El Rayo', 'Vampiro', 'Pecho’e Lata', 'El Sinsonte' y 'El Pollo', puedo verificarlas, ampliarlas y precisarlas en el libro de Carlos Olaya para atenuar ese tono vago de leyenda macabra e iluminarlos con la nitidez de las causas, la motivaciones y el contexto en el que actuaron.

    Pero no es solo por los datos y la riqueza documental de ese primer ciclo de violencia, que el autor denominó La violencia liberal y conservadora de los años cincuenta en San Carlos, por la que considero "Nunca más contra nadie." como un aporte capital en la memoria del conflicto armado de este municipio y de la región, sino también por la amplitud, pertinencia y manejo de las fuentes orales. “Realicé más de 120 entrevistas de manera formal, pero informalmente, así conversando, hice muchas más”, explica Olaya quien sustentó la elección de los entrevistados sobre un criterio riguroso de cercanía y conocimiento directo de los hechos.

    En Colombia es necesario aplicar otras luces al documento escrito, sumar otras versiones, interpretar su sentido. Ya sabemos que los vencedores, los corruptos y manipuladores del poder han escrito la historia que reposa en los registros. Olaya interroga los hallazgos documentales por medio de otras fuentes. En el caso de San Carlos, las personas tienen mucho qué contar y ese es el otro gran mérito de la obra. Gracias a este libro, entendí mejor las oscuras disputas entre laureanistas y ospinistas dentro del Partido Conservador y a ver con mayor precisión la sucia estrategia de despojo de tierras e intereses económicos que se arropaba de banderas azules o rojas. Con el abordaje a ese ciclo de violencia de los años cincuenta y sesenta, el autor enciende una luz necesaria para comprender mejor los otros dos ciclos en los que organizó su prolija investigación.

    Luego el autor expone el que considera el segundo ciclo de violencia que padece San Carlos y gran parte de ls subregión del Oriente antioqueño bajo el  título de El movimiento cívico y la guerra de los años ochenta: el exterminio de una esperanza. Aquí sorprende el detalle con el que relaciona nombres y hechos, además de la solvencia con la que interpreta situaciones.

    Su propio padre, Eliseo Olaya, fue uno de los que se vio obligado a vender su finca a Empresas Públicas de Medellín (EPM) para el proyecto hidroeléctrico Playas en la vereda El Charcón, tal como le tocó a cientos de campesinos de San Carlos, dando origen al descontento social que se convirtió en el germen del llamado movimiento cívico.

    En El Peñol, Guatapé y San Carlos nació a finales de los años setenta y principios de los ochenta esta esperanza organizativa que demostró el desinterés de la clase dirigente de Colombia por abrir espacios de diálogo y concertación en torno al desarrollo. El movimiento fue tildado de subversivo y gran parte de sus líderes fueron asesinados.

    Podríamos decir, como lo aseveró del conflicto en su país el arzobispo Surafricano y premio nobel de paz en 1984 Desmond Tutu, que las quejas sociales y económicas no fueron adecuadamente atendidas y el exterminio de esa esperanza incubó barriles de pólvora de resentimiento y frustración. "Nunca más contra nadie." nos demuestra que esos barriles no han sido desactivados, que a las buenas intenciones de la justicia transicional debemos agregarle altas dosis de voluntad política, reconocimiento en nuestros semejantes y una memoria colectiva que realmente movilice y se concrete en espacios de construcción democrática, cuya naturaleza es la diversidad.

    “Todo el mundo hablaba y teorizaba sobre el conflicto y las víctimas en San Carlos, pero yo no encontraba el sustento histórico preciso a lo que decían. Por eso este libro fue una respuesta que yo mismo me propuse buscar”, refiere el historiador. Y aunque, por supuesto, no quiere decir con ello que su estudio sea definitivo o concluyente, pienso que logra marcar un referente sustancial porque ofrece el panorama concreto y bien ponderado para cualquiera que quiera acercarse a mirar en detalle las bielas, los tornillos y los pistones que pusieron a andar la maquinaria de la guerra en San Carlos, con todas las similitudes que tiene con otros contextos; de tal manera que este caso soporta un análisis como muestra del origen del conflicto local y regional en el país.

    El libro merece ostentar ese punto al final del título: un punto final a la barbarie. Un clamor que quiere contagiar el deseo ferviente de no repetición. Recogiendo las palabras de su autor, también un punto de pausa en el torbellino mediático que se ha cernido sobre San Carlos y que tuvo su punto máximo en el premio nacional de paz 2011 otorgado al proceso de retorno y memoria. Eventos, recursos, proyectos y estudios llenan actualmente el escenario sancarlitano y el tema de las víctimas ocupa las agendas públicas del país, aún más después de la promulgación de la Ley 1448 en junio del año 2011.

    Incluso, el grupo de Memoria Histórica de la Comisión Nacional de Reparación publicó el informe "San Carlos: memorias del éxodo en la guerra", al considerar que en este municipio confluyeron “todos los actores armados con todas las estrategias de guerra” y expone a continuación las cifras que lo demuestran:  “76 víctimas por minas antipersonales –la más alta del país–, 33 masacres en un periodo de diez años, 30 de las 74 veredas del municipio fueron abandonadas en su totalidad y más de veinte de manera parcial, cerca de 5 mil atentados a la infraestructura, asesinatos selectivos de líderes cívicos, 156 desapariciones forzadas, violencia sexual contra las mujeres, tomas al pueblo, extorsión y cuatro periodos de grandes desplazamientos”

    En medio de toda esta atención, justa y necesaria, el texto "Nunca más contra nadie." también invita a poner el punto sobre las íes. Nos recuerda con nombres, fechas y pormenores que aún existen crímenes impunes que exigen la verdad. Es un llamado a que se esclarezcan casos como el de la masacre ocurrida entre el jueves 9 y el sábado 11 de mayo de 2002 y en la que murieron 12 personas, entre ellas 4 líderes de la vereda Vallejuelo. Según refiere el autor, basado en fuentes de confianza, la muerte de los líderes obedeció a que se interpusieron contra el manejo oscuro de contratos de obras públicas para ese sector en el que tenían intereses los paramilitares. En ese mismo orden, se citan en el libro diversos hechos que no han sido suficientemente esclarecidos y permanecen en la impunidad.

    Es bueno que se movilicen recursos y proyectos en bien de las víctimas, lo es mucho más el esfuerzo por la reparación simbólica y la atención sicológica, pero la invitación del texto de Olaya es a que estemos alertas para que la verdad no se disuelva en un murmullo de discursos sedantes en el que las víctimas se ponen tan de moda que pronto se echa al olvido la sustancia que alimenta la garantía de no repetición: es decir, lo que nutre la comprensión de lo que ocurrió y fortalece la capacidad para construir otra historia. El paso inadvertido de la conmemoración de los 30 años del primer paro cívico regional del movimiento cívico del Oriente, que marcó un hito en la organización comunitaria, demuestran cómo la memoria se comprime y la perspectiva histórica se achata desconociendo las raíces de la catástrofe humanitaria sufrida entre los años 1998 y 2007 cuando en San Carlos ocurrieron 33, masacres, cerca de 500 muertes, 150 desaparecidos y el desplazamiento del 80% de su población.

    Jaime Cuervo, comerciante de San Carlos, tuvo la idea de regalarle un monumento a las víctimas de su pueblo y encargó un estudio de contexto al historiador Carlos Olaya. Cuando recibió dicho estudio se dio cuenta de que era necesario ahondar mucho más y terminó siendo editor de lo que luego se convertiría en el libro "Nunca más contra nadie.". Quiso que se presentara en un escenario inusual: las fiestas del agua. Hasta allá llegó el autor, montó su atril en la plaza y vendió 34 libros; lo cual es significativo si se tiene en cuenta la calidad de la edición de sus 400 páginas y los 50 mil pesos de su precio.  

    La foto de la portada muestra a don Horacio Giraldo de la vereda La Rápida en cuclillas, tratando de leer el nombre del difunto en un obituario que había recostado contra la fachada de la iglesia de San Carlos. Don Horacio es, como dicen en los pueblos, “corto de vista” pero observa la realidad  de su municipio gracias a su interés constante por participar de las veedurías ciudadanas y por estar enterado de lo que sucede. En el obituario se invita a las exequias de don Alirio Arias García de la vereda El Capotal, asesinado el 27 de julio de 2001. Cuando su cadáver apareció, 4 días después a orillas del río San Carlos, cerca de la vereda Peñoles, muchos coincidieron en decir: “si mataron a una persona como don Alirio, entonces pueden matar a cualquiera de nosotros”

    El editor Jaime Cuervo, constató que queda mucho por reconstruir y aún más por construir en San Carlos al recibir el resultado de la investigación del historiador Carlos Olaya; y la imagen de don Horacio Giraldo no es el de una persona que busca errores ortográficos sino el de un pueblo que se esfuerza por interpretar su realidad a la luz de los nombres de sus hijos que cayeron en la guerra. El punto final lo tenemos que poner entre todos.

  • LOS 12 INVESTIGADORES DEL PATIBULO

    N del E: transcribimos un articulo de la Revista Semana, que da cuenta de algunos de los crimenes de don berna y de la temida oficina de envigado, que el preside, en relacion con algunos de los investigadores de la Fiscalia General de la Nación. Un ejercicio de memoria histórica.  pero lo que no revela el señor Murillo B. es la infiltración que poseia, y seguramente aun tiene en  dicho ente investigador a traves de su subordinado el señor Aguilar Alias Rogelio, quien hoy goza de la protección de testigos en los Estados Unidos, a traves de el cual infiltró y penetró hasta las mas profundas raices a esta y otras instituciones. 

    Rogelio es el responsable de el asesinato de sus compañeros en el CTI y Fiscalía. Los señaló, los marcó y los asesinó para la oficina de don berna.

     

    Los 12 investigadores del patíbulo

     

    SEMANA revela una historia oculta por años: cómo la oficina de Envigado mató, uno a uno, y con un macabro modus operandi, a los agentes del CTI que se atrevieron a investigarlos. Don Berna acaba de reconocer los crímenes. La orden fue clara. El detective que se atreva a indagar alguno de los miembros de la Oficina de Envigado debía ser asesinado. Hasta ahora se conocía la historia de Pablo Escobar, que mató a los dos agentes del DAS que osaron seguirlo, pero lo que no se sabía era que sus herederos en el mundo de la mafia habían tomado nota y aplicaron un modus operandi que por lo sistemático resulta macabro. Entre 1997 y 1999 asesinaron a 12 investigadores del CTI que decidieron investigar a la cúpula de la mafia y de los paramilitares en Antioquia. Hace unas semanas, el fiscal 45 de Justicia y Paz, Albeiro Chavarro, le imputó a Diego Fernando Murillo, alias don Berna, 34 delitos, entre los cuales se encontraban las muertes de los investigadores. Estos casos reposaron más de diez años en los anaqueles sin encontrar a los culpables. Las muertes fueron idénticas: los abordaron saliendo de sus casas, lugares de trabajo o de estudio. Sicarios en motocicletas les dispararon en la cabeza. El primero fue John Jairo Ruiz, el 14 de marzo de 1997. Él llevaba investigaciones contra grupos mal llamados de limpieza social que operaban en el oriente antioqueño. El día de su muerte salía a las 8:30 de la noche de la Universidad Cooperativa donde estudiaba derecho. En pleno centro de Medellín, dos hombres armados le dispararon cinco veces en la cabeza. Según un testigo, alias el Negro, un sicario de la banda La Terraza, dijo: “Yo maté a ese hijueputa porque me estaba investigando”. Cuatro meses más tarde, el 4 de julio, fue asesinado Jaime Piedrahita, investigador en Itagüí. Ese día, a las 5:15 de la tarde, cuando salía de su oficina, un pistolero le disparó seis veces en la cabeza y se subió a una moto. Piedrahita estaba desentrañando la participación de agentes del CTI en actos de los paramilitares. Un día antes de morir, le contó a uno de sus compañeros que “ya tenía ubicado el brazo armado de Gustavo Upegui en Itagüí”, según un informe enviado a un fiscal en Bogotá. El 5 de septiembre, cuando salía para su oficina, fue asesinado Manuel Guillermo López, cerca del centro comercial San Diego. El Zarco, de La Terraza, le dio dos disparos en la cabeza. López investigaba a compañeros suyos que recibían pagos de la Oficina de Envigado. Uno de sus compañeros investigados le había dicho que con los paramilitares había que hacerse los bobos. López guardó apuntes de esa conversación y su interlocutor se dio cuenta. En 1998, la racha de muerte comenzó el 13 de abril, cuando mataron a Luis Fernando González. Salía para su trabajo a las 7:55 de la mañana cuando unos hombres que pasaron en un carro Daewoo le dispararon cuatro veces en la cabeza. Según el libro Memoria de la impunidad en Antioquia, González investigaba la muerte de su compañero Jaime Piedrahita y las desapariciones de milicianos ocurridas entre 1995 y 1996. El 8 de mayo fue asesinado Augusto Botero en el barrio Boston, cuando dos hombres en una moto se le acercaron y le dispararon. Botero se fue contra un árbol y cayó herido al suelo, donde fue rematado con seis tiros. Él estaba investigando la muerte del defensor de derechos humanos Jesús María Valle, ocurrida en febrero de ese año. El 10 de junio de 1998 las autoridades dieron un duro golpe a los paramilitares al encontrar en un parqueadero del centro de Medellín un listado con las cuentas de 300 personas que aportaban dinero a ese grupo criminal. En la noche, el investigador Sergio Parra, quien lideró el operativo, salió en su carro de la sede de la Fiscalía en el centro y cuando se detuvo en un semáforo, dos hombres, uno por el lado derecho y el otro por el izquierdo le dispararon 21 veces. Respecto a este caso, Berna recordó: “Cuando sucedió lo del parqueadero Padilla en el cual encuentran una contabilidad perteneciente a las autodefensas, la orden que da Carlos (Castaño) es dar de baja a los investigadores que participaron en ese operativo”. Un compañero de Parra lo delató ante los ‘paras’. A la semana siguiente, el 16 de junio, el turno fue para Tomás Santacruz, un joven de 27 años que coordinaba el equipo de homicidios del CTI. Esa noche salió de la Universidad Cooperativa a las 9:55, se subió a un taxi con su novia y cuando iba llegando desde una moto le dispararon en la cabeza. Su muerte se debió a investigaciones que llevaba contra miembros de la banda La Terraza. Para el 5 de octubre, Luis Fernando Mesa ya llevaba casi un año de haberse retirado del CTI. Su renuncia se debió a que lo habían trasladado para el municipio de Andes, y él prefirió continuar sus estudios de derecho en la Universidad Cooperativa. A la salida de la universidad, mientras esperaba el bus, se acercaron dos hombres en una moto y le propinaron siete tiros. Su muerte se relaciona con la de su compañero Jaime Piedrahita, porque Mesa sabía que lo habían asesinado Los Pepes, que operaban en Itagüí. El 14 de diciembre de 1998, Edward Holguín puso su cuota de sangre. Mientras viajaba en moto con su esposa, cerca al estadio, tres hombres que pasaron en una moto Ninja los interceptaron. A él le dispararon 23 tiros, la mayoría en la cabeza. Después golpearon a la esposa, que también trabajaba en el CTI. Holguín llevaba investigaciones contra Gustavo Upegui, el Zarco y Rodolfo Murillo, hermano de Berna. La Oficina de Envigado se enteró de estas investigaciones por medio de un agente que tenían infiltrado. Otro investigador, Jorge Fernández, que había sido jefe de la Sala de Información y Análisis del CTI, no soportaba las traiciones de sus compañeros y los denunció ante sus superiores. En respuesta, lo declararon insubsistente. El 7 de enero de 1999 recibió un taxi en el que iba a empezar a trabajar. Mientras se lo mostraba a su hijo, dos sicarios pasaron y le dispararon en la cabeza. Dos días antes, le había contado a su compañero Diego Arcila que lo habían amenazado. A Arcila le llegó la muerte el 15 de febrero cuando iba para el trabajo. Acababa de salir de su casa en el barrio Santa Mónica, tomó un taxi y en la céntrica avenida San Juan, el carro se detuvo en un semáforo en rojo. Dos hombres en una moto Yamaha DT, le dispararon tres veces en la cabeza y él cayó sobre las piernas del conductor. Arcila también había recibido amenazas por haber investigado a la oficina. La muerte de Arcila no fue la última de ese año. El 9 de diciembre, Yirman Giraldo conducía un carro que le había asignado la Fiscalía. Una llanta se pinchó y entró a un taller en el vecino municipio de Bello. Al poco tiempo, entraron dos hombres en una moto CBR, uno a pie y otros en un Mazda 323, y lo mataron. Giraldo había recibido amenazas mientras investigaba a alias el Zarco y a funcionarios del CTI relacionados con la Oficina. Con el exterminio de los investigadores, la Oficina de Envigado logró evadir a la justicia. Algunos de sus miembros murieron en su ley al traicionarse entre sí, y otros prefirieron a la justicia norteamericana. Berna, que se desmovilizó y ofreció contar su verdad, cumplió por lo menos esta vez.

  • Otro a quien se atribuye el asesinato de Rodrigo Doblecero

    Hernán Giraldo Serna, alias 'El patrón' o 'El tigre' Era el comandante del Frente Resistencia Tayrona del Bloque Norte de las Auc, que operaba en la Sierra Nevada de Santa Marta, en donde se enfrentó con 'Jorge 40' por su control. Hizo parte del Cartel de Medellín y desde finales de los 80 llegó a Santa Marta, en donde armó a los campesinos de la Sierra Nevada que habían sido golpeados por el frente 19 de las Farc y por el Eln. Inicialmente, conformó la banda 'Los Chamizos', con Adán Rojas, su socio durante muchos años, quien fue capturado en el 2001 y con quien - según las autoridades- habría montado la estructura paramilitar de la Costa Caribe. Los Chamizos' dominaron durante más de 20 años la zona norte del caribe colombiano. Esta sociedad terminó en el 2000 por problemas derivados del control del narcotráfico. Se inició una guerra a muerte que tuvo su punto más crítico en la primera semana de febrero de 2000, con un saldo de 20 muertos, varios heridos y el éxodo de centenares de campesinos. A pesar de su gran influencia en la Costa Atlántica, el conflicto entre Giraldo y Rojas entró a ser mediado por Carlos Castaño. El asesinato de dos miembros de la DEA en Mendihuaca, Magdalena, fue la excusa para que Castaño le declarara la guerra a Giraldo, quien años atrás había sido su socio. El crimen fue cometido por Pacho Musso, un 'para' de Giraldo. Cuando las Auc le exigieron a Giraldo que entregará a Musso, éste se negó. Fue entonces cuando Carlos Castaño comisionó a Salvatore Mancuso para doblegar al rebelde; pero, fue 'Jorge 40¿ el que terminó llevando a cabo la tarea. Algunas fuentes hablan de hasta 200 muertos por esa pelea entre autodefensas. La comunidad recuerda que algunos hombres de Giraldo optaron por dejar que las autoridades se ocuparan del problema. Finalmente, terminó por someterse. El 17 de junio de 1991 un juez de orden público lo condenó a 20 años de prisión por el asesinato de unas 40 personas en las masacres de las fincas 'Honduras', 'La Negra' y 'Punta Coquitos' y en noviembre del 2005, la Fiscalía le dictó medida de aseguramiento como determinador de secuestro extorsivo y agravado, y homicidio agravado por la desaparición y asesinato de tres agentes del CTI que investigaban las matanzas 'paras' en San Onofre (Sucre). Ha sido considerado por la revista 'Newsweek', de E.U., como uno de los sucesores de Pablo Escobar en el tráfico de cocaína y está solicitado en extradición. Se le responsabiliza del mercado de cocaína que sale en lanchas rápidas por Magdalena hacia E.U. y Centroamérica. Tras su disputa de la Sierra con '40', terminó por ser su socio en el negocio. El 20 de mayo de 2005, su hermano, Jesús Antonio Giraldo Serna, conocido con el alias de 'El Mono' fue extraditado a los Estados Unidos acusado de delitos federales narcóticos. Además, estaba sindicado por las autoridades de ser el segundo cabecilla de las autodefensas campesinas del Magdalena y La Guajira. Su filtración en la política fue principalmente denunciada en el caso del ex gobernador del Magdalena, Trino Luna Correa, a quien las autodefensas postularon como único candidato a la Gobernación del Magdalena, y el ex alcalde de Santa Marta, Hugo Gnecco Arregocés, extraditado a Venezuela por investigaciones en ¿parapolítica¿. Las conversaciones para lograr un acuerdo de desmovilización del Frente de resistencia Tayrona comenzaron en 2005. No obstante, las exigencias de Giraldo interrumpieron en varias ocasiones el proceso. Solicitaba que los dejaran en la Sierra Nevada como cooperantes del Gobierno y con garantías de seguridad para proteger las poblaciones donde él y sus hombres habían tenido presencia. Además, junto con 'Jorge 40', no confiaba en las garantías de no extradición a los Estados Unidos, que ofrecía Justicia y Paz. Luego de varias interrupciones en el proceso, la desmovilización del Frente de Resistencia Tayrona, comandado por Giraldo, comenzó el 26 de enero de 2006 en la vereda Quebrada de Sol, en la Sierra Nevada de Santa Marta. Aunque en 2005 se había dicho que Giraldo tenía un bloque de unos 400 'paras', ese día se entregaron 1.166 hombres que aseguraban hacer parte de la organización. Una vez se acogió a Justicia y Paz, estuvo recluido en la Cárcel de Máxima Seguridad de Itagüí, Antioquia. Fue el último en ponerse a disposición de las autoridades para recluirse en Rionegro, Antioquia y luego en la sede de Prosocial, en la Ceja del Tambo, lugar donde permanecieron 16 de los grandes jefes 'paramilitares'. Entre los crímenes de Giraldo que no han sido confirmados, se cree que fue el encargado de ejecutar, con cinco tiros en la cabeza, a Carlos Mauricio García Fernández, alias 'Doble cero', jefe paramilitar. Publicación eltiempo.com Sección Otros Fecha de publicación 2 de mayo de 2007

  • Otro a quien se atribuye el asesinato de Rodrigo Doblecero

    Hernán Giraldo Serna, alias 'El patrón' o 'El tigre' Era el comandante del Frente Resistencia Tayrona del Bloque Norte de las Auc, que operaba en la Sierra Nevada de Santa Marta, en donde se enfrentó con 'Jorge 40' por su control. Hizo parte del Cartel de Medellín y desde finales de los 80 llegó a Santa Marta, en donde armó a los campesinos de la Sierra Nevada que habían sido golpeados por el frente 19 de las Farc y por el Eln. Inicialmente, conformó la banda 'Los Chamizos', con Adán Rojas, su socio durante muchos años, quien fue capturado en el 2001 y con quien - según las autoridades- habría montado la estructura paramilitar de la Costa Caribe. Los Chamizos' dominaron durante más de 20 años la zona norte del caribe colombiano. Esta sociedad terminó en el 2000 por problemas derivados del control del narcotráfico. Se inició una guerra a muerte que tuvo su punto más crítico en la primera semana de febrero de 2000, con un saldo de 20 muertos, varios heridos y el éxodo de centenares de campesinos. A pesar de su gran influencia en la Costa Atlántica, el conflicto entre Giraldo y Rojas entró a ser mediado por Carlos Castaño. El asesinato de dos miembros de la DEA en Mendihuaca, Magdalena, fue la excusa para que Castaño le declarara la guerra a Giraldo, quien años atrás había sido su socio. El crimen fue cometido por Pacho Musso, un 'para' de Giraldo. Cuando las Auc le exigieron a Giraldo que entregará a Musso, éste se negó. Fue entonces cuando Carlos Castaño comisionó a Salvatore Mancuso para doblegar al rebelde; pero, fue 'Jorge 40¿ el que terminó llevando a cabo la tarea. Algunas fuentes hablan de hasta 200 muertos por esa pelea entre autodefensas. La comunidad recuerda que algunos hombres de Giraldo optaron por dejar que las autoridades se ocuparan del problema. Finalmente, terminó por someterse. El 17 de junio de 1991 un juez de orden público lo condenó a 20 años de prisión por el asesinato de unas 40 personas en las masacres de las fincas 'Honduras', 'La Negra' y 'Punta Coquitos' y en noviembre del 2005, la Fiscalía le dictó medida de aseguramiento como determinador de secuestro extorsivo y agravado, y homicidio agravado por la desaparición y asesinato de tres agentes del CTI que investigaban las matanzas 'paras' en San Onofre (Sucre). Ha sido considerado por la revista 'Newsweek', de E.U., como uno de los sucesores de Pablo Escobar en el tráfico de cocaína y está solicitado en extradición. Se le responsabiliza del mercado de cocaína que sale en lanchas rápidas por Magdalena hacia E.U. y Centroamérica. Tras su disputa de la Sierra con '40', terminó por ser su socio en el negocio. El 20 de mayo de 2005, su hermano, Jesús Antonio Giraldo Serna, conocido con el alias de 'El Mono' fue extraditado a los Estados Unidos acusado de delitos federales narcóticos. Además, estaba sindicado por las autoridades de ser el segundo cabecilla de las autodefensas campesinas del Magdalena y La Guajira. Su filtración en la política fue principalmente denunciada en el caso del ex gobernador del Magdalena, Trino Luna Correa, a quien las autodefensas postularon como único candidato a la Gobernación del Magdalena, y el ex alcalde de Santa Marta, Hugo Gnecco Arregocés, extraditado a Venezuela por investigaciones en ¿parapolítica¿. Las conversaciones para lograr un acuerdo de desmovilización del Frente de resistencia Tayrona comenzaron en 2005. No obstante, las exigencias de Giraldo interrumpieron en varias ocasiones el proceso. Solicitaba que los dejaran en la Sierra Nevada como cooperantes del Gobierno y con garantías de seguridad para proteger las poblaciones donde él y sus hombres habían tenido presencia. Además, junto con 'Jorge 40', no confiaba en las garantías de no extradición a los Estados Unidos, que ofrecía Justicia y Paz. Luego de varias interrupciones en el proceso, la desmovilización del Frente de Resistencia Tayrona, comandado por Giraldo, comenzó el 26 de enero de 2006 en la vereda Quebrada de Sol, en la Sierra Nevada de Santa Marta. Aunque en 2005 se había dicho que Giraldo tenía un bloque de unos 400 'paras', ese día se entregaron 1.166 hombres que aseguraban hacer parte de la organización. Una vez se acogió a Justicia y Paz, estuvo recluido en la Cárcel de Máxima Seguridad de Itagüí, Antioquia. Fue el último en ponerse a disposición de las autoridades para recluirse en Rionegro, Antioquia y luego en la sede de Prosocial, en la Ceja del Tambo, lugar donde permanecieron 16 de los grandes jefes 'paramilitares'. Entre los crímenes de Giraldo que no han sido confirmados, se cree que fue el encargado de ejecutar, con cinco tiros en la cabeza, a Carlos Mauricio García Fernández, alias 'Doble cero', jefe paramilitar. Publicación eltiempo.com Sección Otros Fecha de publicación 2 de mayo de 2007